Cuando era niño, estaba convencido de que la guerra era algo triste, pero lógico. Pues había momentos en la historia en los que “hombres malos” generaban terror buscando dinero o poder, y era tarea “de los hombres buenos” detener su avance, y estaba convencido de que, al final, el bien siempre ganaba.
Hoy miro con ternura esa visión ingenua y me doy cuenta de que la historia no es de los hombres buenos, sino de los ganadores; solo de los ganadores. Cuando desperté el sábado pasado, vi con preocupación, a través de mi pantalla, cómo una nueva crisis se postraba frente a los ojos del mundo para quedarse durante un buen rato: Estados Unidos había iniciado una guerra contra Irán.
La relación entre Estados Unidos e Irán ha sido complicada desde hace décadas, especialmente con Trump en el poder, pues ha atacado desde su primer periodo presidencial a importantes líderes del régimen. Esta tensión se ha agravado con conflictos entre Irán e Israel, como “la guerra de los doce días”, y ha creado zozobra en las últimas semanas, después de que el gobierno de Irán reprimiera violentamente a manifestantes y Trump les dijera: “La ayuda está en camino”, mientras desplegaba buques de guerra en sus costas.
Finalmente, después de algunos días de especulación y tensión, Estados Unidos, en conjunto con Israel, tomó la decisión de atacar a Irán con mucha fuerza, destruyendo bases militares, apuntando a altos funcionarios y, por supuesto, asesinando civiles en el proceso.
El estruendo de este ataque fue seguido con más violencia. Trump, al otro lado del mundo, anunciaba que Estados Unidos había lanzado un gran ataque contra Irán con el objetivo de impedir el avance de su programa nuclear, combatir a un “régimen” malvado y dar una oportunidad generacional a la gente para liberarse.
Advirtió que moriría gente y que el destino para las fuerzas de Irán era rendirse o morir. Horas después, se dio a conocer que los ataques habían matado al líder máximo de Irán, y esa nación inició un ataque contra bases militares de Estados Unidos y otros países aliados.
Desde ese día empezó un doloroso proceso que será visible con bombardeos durante los próximos días o semanas y generará consecuencias por los próximos años. Sin duda, me da gusto que exista una fuerza que enfrente a un régimen como el de Irán, que hasta hace unos días mataba por montones a su gente en las calles por pedir un mejor gobierno.
Pero me aterra el golpe de realidad que significa observar que no se trata de hombres buenos haciendo justicia, sino de una guerra de poder liderada por un presidente sin humanidad, que solo busca el poder, y por un ente como Israel, que solo busca el control y que también es represor.
Supongo que son este tipo de momentos los que nos enseñan que, a diferencia de las historias épicas, guerras y grandes héroes, en la guerra no existe nada que aplaudir o admirar.
La guerra es un efecto lamentable del uso y la búsqueda del poder desmedido y de la falta de humanidad en aquellos gobiernos que hoy se adjudican el mundo como suyo.














