Esa era una de las misiones imposibles que nos solicitaban nuestros padres. El modelo de educación parental en aquellos ayeres tenía prohibiciones específicas para un modelo de conducta arraigado en sus subconscientes. Y no es que inventaran el hilo negro. Lo estructuraban de la misma forma que hoy en día lo hacemos. Tomamos las situaciones traumáticas de nuestra infancia y tratamos de evitarlas en nuestros hijos. Pretendemos darles lo mejor que tenemos a nuestro alcance y casi siempre lo logramos, al menos en la intención, es decir, damos lo mejor que teníamos en el momento particular de los eventos.
Al mencionar algunas de las funciones de los padres nos encontramos con acciones más que conceptos. Queremos (con la mejor intención) evitarles sufrimiento, y nos olvidamos de que el manejo de la frustración es más importante para su desarrollo; queremos que tengan más de lo que nosotros tuvimos y nos olvidamos de enseñarles el principio de la cosecha donde no puedes obtener frutos sin esfuerzo, trabajo y atención; queremos que disfruten de su juventud, pero nos olvidamos del principio de frugalidad, moderación y respeto; queremos que sean exitosos académicamente, y apreciamos que puedan leer aunque no hayan entendido nada de lo que leyeron o peor aún que se sientan eruditos en la materia cuando vieron un resumen (y entendieron la quinta parte) en la página de un creador de contenido que sabe cómo usar la tecnología, pero desconoce del tema.
Me encanta la descripción de Jordan B. Peterson respecto a la función de los padres para con sus hijos “…criar individuos deseables para la sociedad…”. Es probable que hayas excluido de tu lista de invitados a personas quienes tienen un diablillo o diablilla que es agresivo, violento, desobediente y siempre quiere ser el centro de atención; habrá quienes no sean bien recibidos para participar en la reta del futbol ya no por su habilidad técnica sino por su carácter y porque tiende a hacer trampa para ganar; habrá quienes no las inviten a participar en ciertos juegos de roles donde la niña siempre quiere ser la princesa y que las demás sean sus súbditas. Los padres son responsables de crear un microcosmos donde se contextualicen las diferentes situaciones de la vida real para que ellos se desenvuelvan en un ambiente donde hay pérdidas, donde no siempre se puede conseguir, al menos al mismo tiempo, todo lo que uno desea.
Recreamos en la casa las condiciones de una sociedad constituida, donde hay quienes requieren asistencia pero no dádivas; hay quienes aprenden diferente y se les da un espacio sin regalarles beneficios; hay quienes aprenden a seguir reglas aun cuando las cuestionan; hay quienes manipulan la verdad para obtener beneficios y son sancionados cuando han sido reveladas sus malas prácticas; hay quienes su habilidad psicomotriz no les da para desarrollar ciertas labores y son retados para comprobar esa inhabilidad en lugar de sólo creer lo que dicen para no realizar alguna tarea en específico; hay quienes dejan de colaborar en las actividades que claramente son en beneficio de los habitantes del hogar y es por ello que pierden sus privilegios. Todo con el afán de mostrarles cómo funciona la sociedad en general y estén listos para responder a las necesidades de una comunidad.
“El propósito de la educación es permitir que los alumnos entiendan el mundo que los rodea y los talentos que llevan dentro para poder convertirse en personas realizadas y ciudadanos activos y compasivos”. (K. Robinson, 2018) Por ello es fundamental la orientación de los padres. Esta orientación puede ser acompañada de ejemplos, límites, contextualizaciones y un sin número de técnicas para criar hijos deseables.
Por ello hoy menciono a ese movimiento de los therian como algo que hemos permitido. No hubo límites, no hubo contexto, no hay pertinencia, no hay beneficio, no hay absolutamente nada que pueda reproducirse en casa y que sea un ejemplo de buena sociedad. Mi padre decía, si tienes tiempo para estar con la p#$%e guitarrita (lo cual era mi expresión artística) es porque ya lavaste los trastes e hiciste la tarea. No había tiempo para esas conductas. Si yo le hubiera dicho a mi padre que me sentía identificado con un labrador, me hubiera puesto a limpiar TODA la casa y en una de esas me deja durmiendo en el patio para que se me quitara la idea de querer comprar una máscara de alguna mascota para desplazarme en cuatro patas por las calles. Me hubiera puesto un límite a mi descompensación en la realidad.
En aquellos años si yo le hubiera contestado con alguna “razón” a mi padre para poder tener esa conducta me hubiera dicho “¿Y tú crees que yo tengo dinero y el tiempo para estar soportando tus estupideces? ¡Cállate y contéstame!”














