¡Vaya semana! De esas que no dan respiro. Lo local, lo nacional y lo internacional se cruzaron en un mismo escenario, recordándonos que la política no tiene fronteras… pero las contradicciones sí tienen domicilio.
Comencemos fuera de casa:
El Super Bowl del domingo pasado dejó mucho de qué hablar. Y no, no me refiero al marcador. Me refiero al espectáculo de medio tiempo, uno de los escenarios más potentes del llamado soft power estadounidense. Desde que se anunció a Bad Bunny como artista invitado, la conversación fue inevitable. Que si el género, que si las letras, que si “se le entiende o no”. Pero más allá de gustos musicales, lo que ocurrió el domingo fue otra cosa.
El espectáculo dejó de ser show para convertirse en mensaje. En protesta. En declaración política y cultural a nivel internacional.
Por primera vez, uno de los escenarios más influyentes del mundo fue ocupado por un artista latino, cantando completamente en español, enviando un mensaje claro: cuando hablamos de América, hablamos desde la Patagonia hasta Canadá. “Juntos somos América” no fue solo una frase; fue una postura frente a los discursos de odio que se han intensificado en meses recientes desde la propia presidencia estadounidense.
Aplaudimos (y con razón) cuando alguien alza la voz frente a la discriminación y la exclusión. Celebramos la dignidad latinoamericana en un escenario global.
Pero mientras volteamos al norte para celebrar una protesta simbólica, aquí, en casa, enfrentamos nuestras propias contradicciones.
En lo local, esta semana vivimos una representación clara de lo que muchos llaman clasismo, pero que en realidad es desconexión absoluta con la realidad. Mientras la inseguridad golpea diariamente a nuestro estado en todas sus formas, la senadora electa para representarnos decidió utilizar horario y espacios públicos para atender asuntos de embellecimiento personal dentro de las instalaciones del Senado de la República.
Y no se trata de si una mujer puede o no arreglarse. Por supuesto que puede. Se trata de que exista un salón de belleza dentro de un espacio destinado a la deliberación de los problemas nacionales. Se trata del mensaje. De las prioridades. De la simbología.
Ante las críticas, se intentó escudar el hecho bajo la bandera de la violencia de género. Sin embargo, en Morelos, quienes conocemos el trabajo de la senadora, conocemos también que su nombre ha estado más vinculado a escándalos que a resultados legislativos concretos. Defender lo indefendible apelando al género no fortalece la causa de las mujeres; la debilita.
Y si de símbolos hablamos, lo nacional tampoco se quedó atrás.
Las imágenes de asistentes del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación limpiándole los zapatos recorrieron el país con indignación. Más allá de las explicaciones posteriores de que si fue un accidente, que si fue un gesto espontáneo, la imagen ya estaba ahí. Y en política, las imágenes pesan más que los comunicados.
Resulta profundamente indignante que cualquier servidor público permita que un subordinado (y en este caso una mujer) se arrodille para limpiarle los zapatos. Más aún cuando hablamos de quienes están llamados a impartir justicia y proteger derechos.
El poder no se demuestra con privilegios. Se demuestra con congruencia.
Si quienes deben representar la ley permiten prácticas que evocan servilismo y desigualdad, ¿qué mensaje se envía al resto del país? ¿Qué podemos esperar los ciudadanos cuando quienes deberían garantizar justicia normalizan escenas que reflejan exactamente lo contrario?
De lo internacional a lo local, la semana nos dejó una lección incómoda: es más fácil indignarnos por lo que ocurre fuera que asumir lo que toleramos dentro.
Celebramos la dignidad latinoamericana en un escenario global. Tal vez ya es momento de exigir esa misma dignidad en nuestras propias instituciones.
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