La sociedad vive constantemente situaciones de riesgo, lo que implica la anticipación de amenazas futuras que puedan afectar la salud, la economía y la vida colectiva. En las sociedades contemporáneas, el riesgo ha dejado de ser una cuestión individual para convertirse en un problema estructural que orienta políticas públicas.
El sociólogo Ulrich Beck llamó a esto la “sociedad del riesgo” en donde expone que los grandes peligros ya no provienen de la naturaleza, sino del propio desarrollo humano. La industria, la tecnología, la globalización y los modelos de producción que generan amenazas que después intentamos controlar. Pues expone que la mayoría de los riesgos a los que somos expuestos no son accidentes aislados, sino efectos secundarios de lo que llamamos progreso.
Sin embargo, estos riesgos no todos los vivimos igual. En el discurso público, los riesgos parecen democráticos. Ante la pandemia se decía que “puede afectar a cualquiera”, el cambio climático es “un problema global”, la inseguridad afecta a todos, sin embargo, cuando se observa con atención, los riesgos se enfrentan de manera desigual.
Quien vive cerca de un río contaminado o de una zona industrial no enfrenta el mismo riesgo ambiental que quien habita otro tipo de zonas, quien trabaja en la informalidad no tiene la misma protección frente a enfermedades o accidentes que quien cuenta con seguridad social.
Antes, la pobreza se asociaba sobre todo con la falta de bienes, hoy también implica una mayor exposición al peligro; menos acceso a servicios de salud, viviendas en zonas de riesgo, empleos sin protección, entornos más contaminados.
Beck advertía que en la modernidad avanzada aparece una “irresponsabilidad organizada”: todos participan en el sistema que produce riesgos, pero nadie parece ser directamente responsable de sus consecuencias. El daño se diluye entre decisiones técnicas, normas insuficientes y procesos económicos que parecen inevitables. El resultado es que el riesgo se normaliza.














