Quizá pueda parecer un ejemplo banal, pero recuerdo pensar, cuando aún era niño, que Graco Ramírez había sido un pésimo gobernador. Tal juicio provenía, en buena medida, de las opiniones que escuchaba a mi alrededor o de las notas periodísticas que lo criticaban de forma constante. Sin embargo, con el paso del tiempo llegó Cuauhtémoc Blanco, y fue entonces cuando pude dimensionar con mayor claridad aquella percepción inicial.
El hecho de poder sentarme en el Auditorio Teopanzolco, visitar el Museo Juan Soriano o asistir a un partido en el Coruco Díaz me llevó a comprender que, aun cuando Graco Ramírez me parecía —y me sigue pareciendo— un mal gobernador, Cuauhtémoc Blanco representó algo distinto y quizá más grave: el gobierno de la nada. Un gobierno que, pese a los escándalos, las polémicas y su constante presencia mediática, no dejó obra, rumbo ni huella alguna. Tras el maremoto, no quedó nada.
Hace unos días, Donald Trump cumplió su primer año en la presidencia que ganó por segunda ocasión. Por mi parte, puedo decir que este periodo ha sido objeto de una extensa cobertura y análisis de sus actividades, su agenda y las noticias que ha marcado. Y no solo durante este año: desde su campaña he observado y estudiado con atención sus acciones y discursos.
No obstante, a pesar de los incontables artículos, videos, paneles y opiniones que he producido sobre él y su gobierno, al sentarme hoy frente a la computadora para intentar realizar un análisis profundo sobre lo que deja una administración que ha atrapado todas las miradas y generado enormes tensiones, me encuentro en blanco.
Podría hablar, por ejemplo, de los aranceles impuestos de manera agresiva a otros países, pero ese análisis se diluye al observar que, un año después, han sido retirados como simples instrumentos de negociación política. Podría referirme a los encuentros con otros líderes y funcionarios, muchos de ellos marcados por la confrontación, pero nuevamente me quedaría en blanco al constatar que los conflictos que tenía frente a sí no han sido resueltos. Incluso podría mencionar los múltiples escándalos que han rodeado su figura, pero, otra vez, el saldo es vacío.
Si me ubico en la perspectiva del votante estadounidense, el balance resulta aún más desalentador: tras el maremoto que significa vivir bajo un gobierno de Trump, lo que encuentro es un aumento en los precios de los alimentos, la gasolina, la renta y otros consumos básicos. Entonces, ¿para qué ha valido la pena este gobierno de violencia, de división, de constante acaparamiento de la primera plana y de discursos incendiarios?
La respuesta parece evidente: no ha valido la pena. Hoy nos encontramos con las manos vacías frente a un gobierno de la nada.
Un gobierno de la nada es aquel en el que nada se construye, nada se propone y nada se crea. Es un gobierno que vive del ruido, de la confrontación permanente, del señalamiento y del espectáculo, diseñado para acaparar la atención y hacer sentir a las personas parte de algo que, en realidad, no existe. Por eso, cuando llegue el momento de volver a elegir, conviene mirar nuestras manos y recordar lo dañinos que pueden ser los gobiernos de la nada.
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