En 2026 el peso mexicano volvió a hacer algo que, durante décadas, nos parecía impensable: fortalecerse. El llamado superpeso se convirtió en titular recurrente, en argumento de sobremesa y en bandera política. Hay quien lo presume como trofeo; hay quien lo mira con desconfianza. Yo prefiero mirarlo con preguntas.
Porque sí, el peso fuerte es una buena noticia… pero no es una noticia completa.
Durante años crecimos escuchando que nuestra moneda era frágil, que cualquier crisis externa la tumbaba, que el dólar marcaba el ritmo de nuestra ansiedad económica. Hoy el escenario es distinto. El peso se aprecia, resiste, se vuelve atractivo para inversionistas y analistas. México aparece en gráficas internacionales como una economía “sólida”, “confiable”, “estable”.
Y sin embargo, basta salir a la calle para entender que la fortaleza de una moneda no siempre se traduce en la fortaleza de una vida.
El superpeso de 2026 convive con precios que no bajan, con salarios que apenas alcanzan, con familias que siguen haciendo malabares para llegar a fin de mes. Convive con pequeñas y medianas empresas que importan insumos más baratos, sí, pero que enfrentan costos internos cada vez más altos. Convive con exportadores que ganan menos pesos por cada dólar que entra y con migrantes cuyas remesas ya no rinden como antes.
Entonces, ¿para quién es realmente fuerte el superpeso?
No se trata de negar los logros macroeconómicos. Sería injusto y simplista. La estabilidad fiscal, la disciplina financiera y la confianza internacional no aparecen por arte de magia. Se construyen. Pero también es cierto que una moneda fuerte no es sinónimo automático de bienestar social, ni garantía de justicia económica.
El riesgo del superpeso no es económico; es narrativo.
Cuando una moneda se convierte en símbolo político, cuando se usa como prueba irrefutable de que “todo va bien”, se corre el peligro de dejar de escuchar lo que no cuadra en el discurso. Y la realidad mexicana siempre tiene matices que no caben en un gráfico.
El superpeso puede ser señal de confianza, pero también puede ser espejo de desigualdad. Porque mientras algunos sectores celebran la estabilidad, otros siguen atrapados en la precariedad laboral, en la informalidad, en la incertidumbre cotidiana. Porque una moneda fuerte no paga sola la renta, no mejora sola los servicios de salud, no garantiza sola seguridad ni educación de calidad.
Hay algo profundamente mexicano en celebrar resistencias, incluso cuando duelen. Pero también hay algo profundamente peligroso en conformarnos con símbolos sin exigir resultados.
La pregunta no es si el superpeso es bueno o malo. La pregunta es qué estamos haciendo con él.
¿Está sirviendo para fortalecer el mercado interno?
¿Para impulsar a quienes producen y no solo a quienes especulan?
¿Para reducir brechas o para maquillarlas?
En 2026, el peso es fuerte. Ojalá también lo sea nuestra capacidad de mirar más allá del aplauso fácil. Ojalá tengamos la madurez política y social para entender que una economía sana no se mide solo en paridad cambiaria, sino en la tranquilidad con la que una familia puede planear su futuro.
Porque al final, una moneda no vale por lo que cotiza, sino por la vida que permite construir.
Y ahí, todavía tenemos trabajo pendiente.
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