Cuando Donald Trump fue electo presidente de los Estados Unidos por segunda ocasión, introdujo en la agenda global un nuevo motivo de preocupación: su intención de ampliar el territorio estadounidense mediante la anexión de otros países. En esa lista aparecieron Canadá y Groenlandia.
Al llegar a la Oficina Oval, Trump inició lanzando misiles retóricos: declaraciones explosivas acompañadas de la imposición de aranceles que, tras negociaciones, retiraba de la mesa. La frecuencia con la que Trump se retractó de sus propias acciones dio lugar al término TACO (Trump Always Chickens Out). Bajo esa lógica, la anexión de Canadá o Groenlandia comenzó a verse más como un recurso electoral que como un objetivo real.
Todo cambió cuando el vecino del norte dio un manotazo en la mesa al invadir territorio venezolano y capturar, de manera histórica y altamente polémica, al dictador Nicolás Maduro. Este hecho demostró que, si bien Donald Trump es un fanfarrón que suele hablar más de lo que actúa, no debe subestimarse: es capaz de tomar decisiones extremas.
Países como México, en relación con el tema del narcotráfico; Colombia, por la mala relación con el presidente Gustavo Petro; y especialmente Groenlandia, comenzaron a observar con preocupación declaraciones que antes parecían inofensivas. En particular, Groenlandia y la Unión Europea encendieron las alertas cuando, tras calmarse la crisis venezolana, Trump comenzó a publicar mensajes implícitos y explícitos sobre la toma del territorio.
Groenlandia es una enorme masa de hielo al norte del mundo que pertenece a Dinamarca y cuenta con poco más de 50 mil habitantes. Históricamente, la isla ha sido utilizada con fines militares debido a su ubicación estratégica entre Canadá, Rusia y Europa. Además, alberga minerales y tierras raras que han despertado el interés de Trump en distintos momentos y negociaciones.
Encuestas recientes revelan que la mayoría de la población groenlandesa no está de acuerdo con convertirse en parte de Estados Unidos, postura que también comparte Dinamarca, que mantiene cierto control sobre el territorio. Esto implicaría que la principal oposición a una eventual invasión sería la Unión Europea.
Una Unión Europea debilitada, preocupada por la cercanía de Trump con países de Medio Oriente, su abandono de tratados multilaterales y sus constantes declaraciones en contra del bloque. Por ello, cuando Trump retomó el tema de la anexión, la Unión Europea detuvo las negociaciones de un acuerdo comercial y amenazó con imponer aranceles a productos estadounidenses, demostrando que Europa, aún sin armas, puede representar un obstáculo real a sus ambiciones.
Durante esta semana, en el Foro Económico Mundial de Davos, Trump dio un giro inesperado al declarar que no utilizaría la fuerza para tomar Groenlandia. Aunque esto no descarta presiones para la compra del territorio, fue un respiro significativo para la Unión Europea.
De este escenario se desprenden dos posibles interpretaciones.
La primera: Trump decide tomar Groenlandia, aun cuando mediante tratados ya puede instalar bases militares y explotar sus recursos naturales. De hacerlo, confirmaría que su objetivo no es estratégico ni defensivo, sino una demostración de poder tan irresponsable y voraz como la de cualquier conquistador en la historia.
La segunda: que no invada, y que todo forme parte de una nueva forma de extorsión internacional, basada en el miedo, para sentarse a negociar desde una posición de fuerza.














