Hay pueblos que se reconocen en sus plazas, otros en sus montañas. En Morelos, muchos nos reconocemos en el sonido del tambor, en el salto incansable del chinelo y en la memoria colectiva que despierta el carnaval. Porque el carnaval no es solo una fiesta: es un acto de resistencia cultural, una forma de decir aquí estamos y aquí seguimos.
En Jiutepec, ese son se volvió a escuchar con fuerza. La decisión del presidente municipal Eder Rodríguez Casillas de recuperar el carnaval no ha sido una casualidad ni un gesto simbólico aislado; ha sido una decisión consciente de volver a colocar a la tradición y a la familia en el centro de la vida pública. Desde la llegada de Rodríguez Casillas al mando de los trabajos de Jiutepec, los eventos tradicionales han dejado de ser recuerdo para convertirse nuevamente en experiencia viva.
Para ejemplo, el pasado 18 de enero, el 16° Encuentro de Comparsas fue muestra clara de ello. Más de 200 comparsas desfilaron por las calles de Jiutepec ante miles de personas: familias completas, niñas y niños que miraban asombrados, adultos mayores que reconocían en cada traje una historia conocida. No solo acudieron habitantes del municipio, sino visitantes de otros puntos del estado, del país e incluso mencionaron los conductores se encontraban visitantes del extranjero. Fue así como Jiutepec se convirtió, una vez más, en un punto de encuentro cultural.
Y en medio de todo, un dato que no debe pasar desapercibido es el saldo blanco que se registró durante el evento. En una época donde la convivencia pública suele verse con desconfianza, lograr un evento masivo, ordenado y seguro habla de planeación, de corresponsabilidad y de una comunidad que se apropia de su tradición con respeto; además debe reconocerse el trabajo coordinado entre los distintos órdenes de gobierno a los que el gobierno municipal se apertura para lograr dicho saldo.
Pero para entender la profundidad de lo que significa el carnaval en Morelos, hay que mirar más atrás, a su símbolo más representativo: el chinelo.
De acuerdo con datos de diversos historiadores, el chinelo nace como burla y como protesta durante el siglo XIX, cuando los pueblos originarios eran excluidos de las celebraciones de las élites, fue así que comenzaron a disfrazarse exagerando los rasgos europeos: barbas prominentes, piel clara, trajes ostentosos. Al cubrirse el rostro, el pueblo encontró libertad; al brincar sin descanso, expresó irreverencia y dignidad. De ahí la expresión de que el chinelo no camina: salta.
Con el tiempo, ese gesto de resistencia se transformó en identidad. El chinelo dejó de ser solo burla para convertirse en orgullo. Hoy representa la mezcla de historia, memoria y pertenencia que define a Morelos. Cada comparsa es una familia extendida; cada traje, una herencia; cada salto, una afirmación de lo que somos.
Por eso recuperar el carnaval no es un tema menor ni folclórico. Es recuperar espacios donde las familias vuelven a encontrarse, donde las calles dejan de ser solo tránsito y se convierten en escenario, donde los niños aprenden que la cultura no vive en los libros, sino en la gente.
Es de aplaudir que Jiutepec hoy dé un ejemplo claro al estado de Morelos de que sí es posible fortalecer nuestras tradiciones y al mismo tiempo fortalecer el tejido social. Apostar por el carnaval es apostar por la convivencia, por la identidad y por la memoria compartida. Es entender que las tradiciones no son un obstáculo para el presente, sino una base firme para construir comunidad.
Que lo ocurrido en Jiutepec sirva como espejo. Que otros municipios se atrevan a mirar hacia sus raíces y a recuperar aquello que los hace únicos. Porque cuando el carnaval vuelve a las calles, no solo vuelve la fiesta: vuelve el sentido de pertenencia, vuelve la familia y vuelve la certeza de que nuestras tradiciones siguen vivas.














