Es natural que haya diferencia en las formas de pensar, en la forma de creer y en la expresión de ideas filosóficas, políticas y sociales. Por naturaleza el hombre tiene la gran capacidad de discernir y con base en ello toma decisiones.
A lo largo de la historia, las diferencias han existido, entre amigos, grupos, sociedades y hasta en familias enteras. Y aun así la civilización avanzó, la cultura evolucionó, el conocimiento ha sido factor de progreso y de desarrollo tecnológico y económico, y en varios aspectos se han logrado muchos avances. En México, después de la Revolución Mexicana, tuvo una transición que también costó sangre. Se conformaron partidos políticos, se enfrentaron militares contra militares, políticos contra políticos y aun civiles y militares contra la iglesia. ¿Qué si costó tiempo y sangre la pacificación?, costó. Pero al fin, el reparto agrario, el acuerdo político se fue consolidando en la década de los años 30 y 40 del siglo XX. Obviamente que las diferencias en las formas de pensar se fueron dando. Pero el partido gobernante que se mantuvo hasta finales de siglo, de una u otra forma, sus dirigentes tuvieron el tino del consenso, del acuerdo y de los pactos. Claro que alguien puede decir que eso también fue lo que provocó los abusos de poder, el robo y la corrupción. También estos delitos fueron evolucionando, de tal manera que, a finales del siglo y principios del presente, esto fueron aumentando, perdiendo la transparencia y acrecentando el patrimonio personal de muchos políticos, con recursos de procedencia ilícita. Eso no es un asunto desconocido. Pero los acuerdos, los pactos, las negociaciones fueron garantía de la gobernanza.
Pero en el año 1996 surgió a la vida pública y política nacional un personaje que tenía los deseos muy altos de gobernar: Andrés Manuel López Obrador. Desde la presidencia del PRD comenzó a urdir movimientos, personas, lenguaje y manipulación con promesas, pero una característica que en su momento todo mundo la consideraba como natural, un deseo profundo de crítica, pero también un convencimiento a las clases más desprotegidas de que era necesario un gobernante como él. Así llegó a ser Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Pero su característica de crítica siempre fue la misma. Con la promesa de la honestidad, la atención a los pobres y la garantía de justicia, inició una campaña nacional para postularse como candidato a presidente de la República. En esta, su sello principal fue, como siempre, el beneficio a los pobres, pero también otro sello especial fue aprovechar el hartazgo y el odio hacia el gobierno actual, que en ese momento era Vicente Fox. Todos esos momentos los aprovechó AMLO y comenzó su campaña de odio. Las tres ocasiones que se postuló para Presidente de la República, en su plataforma para campaña, el argumento principal fue el odio, la crítica, aprovechando esos sentimientos entre las clases más necesitadas de mexicanas. La izquierda, que toda la vida estuvo girando en sus campañas políticas, desde los partidos socialistas, comunistas y frentes políticos, siempre actuaron de la misma forma. Y es que de alguna forma tenían razón. Nunca habían tenido la oportunidad de gobernar desde la cúpula política nacional. Pues, él mismo, en la campaña que inició más organizadamente en el 2016 para las elecciones del 2018, estas acciones fueron más contundentes. Por un lado, hacía acuerdos con grupos políticos del poder, con empresarios, con organizaciones sociales, pero, por otro lado, arreciaba la crítica al gobierno. Y bueno, los gobiernos desde Salinas hasta Peña Nieto le daban argumentos a esa izquierda para hacer crecer el odio. Cuando ganó las elecciones, en 2018, aprovechó el poder para criticar a sus oponentes, a los que les llamó adversarios. Y desde el púlpito de la “mañanera”, todos los días criticaba a todo mundo, profesionales, empresarios, organizaciones, maestros, políticos, diputados y senadores de la oposición. Todo ese adoctrinamiento fue produciendo fruto. La sociedad, arengada por su presidente, comenzó a tomar postura y dio fruto al odio, clasificando en ese momento como “fifís” a aquellos que tenían posibilidades y disposición al trabajo para progresar. Obvio que a toda acción hay una reacción. La oposición llamó “chairos” a todos los seguidores de la corriente obradorista.
Hoy esa división está aún más marcada en el desarrollo de este gobierno. Y así, muchos de los ciudadanos que apoyaban al gobierno de la 4T, hoy han dejado de hacerlo, porque es cierto que no hay mal que dure cien años ni enfermo que lo aguante. Así, las filas de la oposición han crecido. Pero la división sigue latente y más marcada hoy. Podemos determinar, en este momento, que México está dividido entre simpatizantes de la 4T y ciudadanos que no creen ya o no han creído nunca en este tipo de gobierno, porque, según la oposición, ha destruido instituciones importantes para la vida de un país. Y la división estriba en este momento en mexicanos que apoyan a la Presidenta, y aquellos que aceptan que el presidente americano, Donald Trump, venga a detener a los “narcopolíticos” y delincuentes del crimen organizado.














