No se trata de condenar la captura de un dictador criminal, sino de exigir una justa reconstrucción de Venezuela, con el bienestar del pueblo venezolano como prioridad.
Nicolás Maduro y la situación de Venezuela llegaron a mi radar cuando estaba en quinto de primaria, después de que medios internacionales advirtieran que, a partir de la preocupante situación humanitaria, de pobreza y hambre, miles de venezolanos salieron a las calles para exigir una mejor vida y fueron violentamente reprimidos por un gobierno dictatorial.
Maduro es, para mí, un criminal dictador. No me merece ninguna simpatía y su captura, si bien no me hace festejar, tampoco me genera dolor, pues ya era tiempo de que saliera del poder. Fue un hombre que reprimió a un pueblo por demasiado tiempo y pretendió alimentarlo con una doctrina perversa. Lo que sí me genera gran preocupación es lo que viene después de la sorpresiva captura realizada por los Estados Unidos.
La captura de Maduro, —sin duda ilegal frente al derecho internacional—, fue realizada por intereses políticos, económicos y militares; pero, a pesar de ello, me parece incorrecto que gobiernos que dicen defender la democracia y la libertad tomen la postura de condenar la captura de un dictador en lugar de percibir lo verdaderamente importante: la protección de un pueblo hoy desamparado, que se enfrentará a saqueos, violencia en las calles y a un gobierno confundido, al borde de la anarquía.
Estados Unidos es cínico con sus intenciones. No ha mencionado en algún momento luego de sacar a Maduro del país, la libertad o la democracia; el presidente Trump, en cambio, mencionó repetidas veces en su rueda de prensa que su interés está en el petróleo y en el control del “vecindario”.
Los líderes mundiales deben dejar de alzar la voz y arrastrar la pluma para defender a un dictador y, en su lugar, deben poner su interés en que los recursos de Venezuela sean para los venezolanos, en que un verdadero gobierno democrático sea instaurado y en que el hambre y la violencia se terminen.
Es el momento de darle libertad a Venezuela, no de observar cómo otro verdugo llega a oprimirla.














