La intervención armada perpetrada por Estados Unidos en contra de Venezuela, que consistió en ataques con fuerza aérea y naval sobre instalaciones militares, con el objetivo de neutralizar las defensas venezolanas y asegurar objetivos clave; una intervención justificada en una supuesta lucha contra el narcotráfico, pero que en el fondo el interés es robar el hidrocarburo de la nación bolivariana y controlar las relaciones comerciales de esa nación.
La invasión se circunscribe en un marco de legalidad y legitimidad internacional. El primer concepto es el principio de soberanía que ha sido transgredido de manera flagrante y que transgrede el derecho internacional al violar el Artículo 2 de la Carta de la ONU que “establece los principios fundamentales sobre los que se rige la organización, incluyendo la igualdad soberana de sus miembros, la obligación de cumplir de buena fe sus compromisos, el arreglo pacífico de controversias, la prohibición de la amenaza o el uso de la fuerza, la no intervención en asuntos internos, y el apoyo a las acciones de la ONU, asegurando que incluso los estados no miembros se adhieran a estos principios para mantener la paz y seguridad”.
El motivo real de dicha intervención es el control de los recursos energéticos de Venezuela porque posee una de las mayores reservas petroleras del mundo. Trump ha manifestado reiteradamente que tiene un interés particular por reactivar su producción y apoyar empresas estadounidenses afectando dinámicas globales. Hoy su discurso es de control total de los recursos energéticos que produce Venezuela, es decir, el recurso natural de una nación es confiscado o, para decirlo con todas sus letras, es robado por otra nación solo por el hecho de sentirse poderosa y con ejército que puede someter a cualquier gobierno a sus caprichos en el momento que ellos determinen.
México se ha decantado firmemente por la no intervención militar en ningún país y el respeto irrestricto a su soberanía nacional como un principio, para poder resolver conflictos a través del diálogo y no por la fuerza. El rechazo de la población a intervenciones militares en cualquier nación latinoamericana es tajante, por lo que la intervención norteamericana sobre Venezuela tiene un rechazo general. Esta postura de política exterior tradicional de México de no intervención y respeto a la soberanía puede traer tensiones en la relación bilateral con la nación norteamericana, pero es una definición de política internacional acertada.
Esta acción deja en claro que el papel de la ONU ya no significa nada, no tienen capacidad para llevar a cabo las funciones para las que fue creada en el marco de un conflicto mundial y que hoy se puede reeditar con los acontecimientos de salvajismo y brutalidad de un presidente a quien lo que menos le importa es el diálogo entre pares para dirimir controversias. El uso de la fuerza y la brutalidad solo para saciar ambiciones e intereses particulares pasando por sobre la soberanía de cualquier nación es un mal precedente y demuestra la vulnerabilidad del mundo ante el salvajismo de quien se siente poderoso.
La polarización que genera esta acción con otras naciones y que vemos que sigue escalando, puede ser el inicio de algo que nadie deseamos. Ya veremos si de este hecho resulta una posible unidad entre gobiernos latinoamericanos progresistas, que generen alianzas políticas o bloques regionales basados en la defensa de la soberanía que permita enfrentar en bloque la arremetida imperial.
Actuar como un bandido debe generar, necesariamente, una respuesta conjunta de Latinoamérica y otras naciones para impedir que este asalto a mano armada y a la luz de todos quede impune. La coartada del narcotráfico es un cuento absurdo y la historia ha demostrado que ese tipo de estrategias solo las utiliza para beneficiarse, en este caso los yankees, y a la nación intervenida la deja en una situación de crisis económica, política y social de tal magnitud que la desolación la acompaña por décadas antes de volver a ser lo que era antes de ser violentada. Por ello, hoy la respuesta debe ser contundente y servir para generar unidad contra el salvaje que no entiende de razones. Hoy, más que nunca, la necesidad de unificar a Latinoamérica tiene fundamento, que sirva el sueño bolivariano para enfrentar la desgracia y el abuso.














