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Cuando el poder se acostumbra a decir “exprópiese”


#QuéCosa
Por Rafael Pérez Habib | 8 Enero, 2026 | 08:49 h
Opinión
Cuando el poder se acostumbra a decir “exprópiese”

La madrugada del 3 de enero ha quedado marcada no sólo por versiones y especulaciones, sino por un hecho concreto. Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, fue capturado por fuerzas estadounidenses en Caracas y trasladado a Nueva York, para enfrentar cargos federales por narcotráfico y narcoterrorismo en una corte federal.

La reacción regional fue inmediata y dividida. Hubo quien celebró, hubo quien desconfió y muchos guardaron prudente silencio.

La celebración no es difícil de entender. Venezuela no llegó a la crisis por accidente. Años de decisiones equivocadas, de poder concentrado y de soberbia institucional convirtieron a un país rico en recursos en un país pobre en oportunidades. Millones migraron, otros resistieron. Muchos se cansaron, cuando un gobierno termina siendo sinónimo de desgaste nacional, el alivio aparece casi por reflejo.

Pero este episodio no empieza hoy, tiene memoria.

Hubo un momento en que el poder dejó de argumentar y empezó a señalar. Bastaba una cadena nacional y una palabra que se volvió símbolo de una época.

“Exprópiese.”

La pronunciaba Hugo Chávez frente a edificios, empresas o tierras. No había debate, no había estudio, no había contrapesos. La autoridad se volvió gesto, el aplauso costumbre. El silencio, refugio.

Ahí comenzó una lógica peligrosa. La del poder que confunde justicia social con apropiación. La del gobierno que cree que la voluntad sustituye a las instituciones. De ese punto en adelante, la pendiente fue constante.

Hoy la discusión regresa con otra capa. ¿Qué significa que una potencia extranjera actúe militar y judicialmente contra un jefe de Estado? La respuesta no es simple ni desprovista de consecuencias. Interviene Estados Unidos no por altruismo ni por amor repentino a la democracia regional, sino porque señala a Maduro de liderar redes criminales que han convertido el Estado mismo en instrumento de narcotráfico.

Y sin embargo, en este continente nadie es ingenuo. Justicia y geopolítica rara vez viajan separadas, la historia latinoamericana conoce bien el costo de intervenciones selectivas y de agendas envueltas en legalidad.

Por eso el aplauso es contenido.

Por eso la lectura exige cuidado.

No se celebra la caída de un presidente.

Preocupa que los pueblos sigan pagando el costo.

La pregunta real no es quién está detenido, sino qué lógica se rompe, si es que se rompe alguna. Si Venezuela logrará dejar atrás el poder absoluto, el mando sin freno, el “exprópiese” convertido en método. O si sólo asistimos a un cambio de manos de tutela, de discursos y de externalidades.

Mientras algunas capitales discuten, en Caracas la presidenta interina Delcy Rodríguez ha asumido el poder. Un movimiento que muchos ven más como continuidad que como ruptura.

En Nueva York, Maduro niega culpabilidad y se declara “aún presidente” ante un juez federal. Desafía la lógica jurídica con una lógica política de reclamo de legitimidad.

Lo verdaderamente difícil no es detener a un hombre.

Lo difícil es no repetir las mismas lógicas de poder que condujeron a la crisis en primer lugar.

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