Recuerdo un momento, a mediados de año, en el que los señalamientos sobre La Barredora, las disputas internas dentro del grupo parlamentario y los roces con la presidenta de la República hacían ver a Adán Augusto López como un político que coqueteaba peligrosamente con quedar fuera de la jugada.
En lo personal, observar desde el Senado la nueva administración que encabezaba como presidente de la Junta de Coordinación Política —marcada por una conducción gris, autoritaria y unilateral— me llevó incluso a desear que se tomara pronto la decisión de removerlo del cargo. La acumulación de notas en su contra, las revelaciones derivadas de la detención del líder de La Barredora y su comportamiento abiertamente agresivo en el Senado alimentaron la percepción de que su salida era inminente. Incluso personas que sabían que presto servicios en el Senado se me acercaban para sentenciar: “Adán Augusto es un cadáver político”.
Sin embargo, durante las últimas semanas he procurado observar con mayor cercanía al grupo parlamentario de Morena y, particularmente, la actitud de su coordinador. Lo que he podido constatar es que, pese a los problemas y las polémicas, Adán Augusto está haciendo lo suficiente para mantenerse en el puesto. Y en política, mantenerse significa algo muy concreto: ser útil. Hoy, le pese a quien le pese, se encuentra firme en su posición.
Me gustaría afirmar que, al momento de seleccionar a un funcionario de alto nivel —al menos en un gobierno que se asume de izquierda— se ponderan la calidad moral del perfil o los valores éticos con los que ha construido su carrera. Pero esa no es la realidad. He llegado a la convicción de que el principal requisito es la utilidad, aunque no necesariamente para la gente, sino para el poder.
La historia política mexicana está llena de ejemplos. Fidel Velázquez, Elba Esther Gordillo y muchos otros conservaron su influencia no por su integridad, sino porque resultaron funcionales a los intereses políticos, económicos o personales de quienes portaban la banda presidencial y de su círculo cercano. Más recientemente, Ricardo Monreal nos malacostumbró a una presencia constante en los medios, a la operación política permanente y a la coreografía de los acuerdos. Fingió una confrontación con Andrés Manuel López Obrador que fue tolerada precisamente porque, con los números que tenía, nunca dejó de aprobar una sola iniciativa relevante enviada por el Ejecutivo.
Adán Augusto representa otro estilo. Tiene una presencia agresiva; no negocia, impone. No danza para construir acuerdos: arrolla con una mayoría. Arrastra además el peso de su pasado y los señalamientos sobre sus probables vínculos con grupos delictivos y actos de corrupción. Aun así, ha demostrado ser capaz de agrupar a suficientes senadores de Morena, del Partido Verde y del Partido del Trabajo para que cada iniciativa proveniente del Ejecutivo —o incluso una instrucción surgida desde Palenque— sea aprobada sin importar qué tan destructiva, improvisada o ilógica resulte. En síntesis: pese a todo, es útil.
Existe, no obstante, un factor que aún podría desplazarlo del poder: el fenómeno Gertz Manero. El exfiscal general, quien hasta hace unos días concentraba un poder considerable y contaba con el respaldo del expresidente López Obrador, salió del cargo sin mayores explicaciones, quizá a solicitud de otro grupo de poder al interior de Morena. Su reacomodo podría alterar equilibrios que hoy parecen firmes.
Tal vez, frente a la inminente reforma electoral —que plantea la eliminación de las diputaciones plurinominales— el verdadero desafío ciudadano y político será impedir que lleguen al poder personas que solo sean útiles para el sistema, y comenzar a exigir perfiles ética y moralmente presentables. Porque la utilidad sin límites termina siempre por cobrarse la factura al país.














