Entender la falta de resultados en diversos ámbitos del quehacer público implica entender nuestra propia conducta en la esfera privada. Ante una falla mecánica crítica de un vehículo, ante alguna dolencia física o problema de salud, el natural instinto de supervivencia nos impulsa a acudir a aquella persona que sea experta calificada: el mecánico hábil, el médico no solo titulado sino que probadamente sabe sanar las enfermedades que se presentan ante él, o ella.
En los momentos de vulnerabilidad no confiamos nuestra seguridad o la vida a la simpatía de quien sea un aficionado, pero que nos caiga bien o que sea cercano o familiar, no. Acudimos a quien tengamos certeza de que posee el saber, la habilidad y la ética profesional que nos permitirá resolver el problema de que se trate.
Por ello, con severa honestidad: qué le hace pensar a la clase política y a la población que ese mismo rigor para elegir a quién ha de solucionar los problemas personales, no deba también usarse para resolver los problemas colectivos, los sociales, los de todos. Me refiero a la administración pública, a la creación de leyes, a la impartición de justicia, a la defensa de los derechos humanos, a la persecución de los delitos… al ejercicio del poder público.
Muy a menudo, las crisis que agobian a la población, no surgen de la falta de voluntad política, sino de la carencia del conocimiento necesario para encontrar y aplicar las soluciones efectivas. La realidad es implacable: si el arquitecto ignora los principios de la física, el puente colapsa o se genera un socavón, independientemente de que dicho arquitecto sea amigable y leal o no al partido en el poder o al político que lo contrató.
La gestión pública funciona igual, cuando el legislador o el ejecutor de la ley o de la política pública no tienen la preparación técnico profesional en el área de que se trate, los resultados no podrían ser peores. La única y falaz justificación de la inexistencia de especialistas a cargo de los principales espacios de responsabilidad pública, es que se apoyan en asesores, técnicos, o expertos que les han de guiar, eso está bien, pero en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera saben elegir a sus asesores, resultan ser los cercanos de siempre, los amigos, los familiares, los hiper apologistas.
El pueblo debe preguntarse si paga un poder público para que los electos en turno experimenten, sin conocer a fondo de los asuntos que van a tener que desarrollar.
Por eso tenemos a tantos políticos silenciosos, los que nunca irán a un debate, los que no se van a confrontar, los que operan en lo oscurito, haciendo alianzas de conveniencia para seguir ahí, sin que nadie lo note en lo posible.
Esta realidad va mucho más allá de las disputas entre partidos políticos, más allá de las coyunturas históricas; es una verdad indiscutible de un buen gobierno, colocar a las inteligencias, a las personas con capacidad ética profesional, en los puntos de decisión más importantes para una determinada sociedad, es un acto de estrategia y de técnica elemental para mejorar la calidad de vida de todas las personas.
Decía Napoleón Bonaparte que temía más a un ejército de ovejas guiadas por un león que a un ejército de leones liderados por una oveja; y decía bien, es cada titular, el que debe ser la inteligencia que guía a su pueblo a mejores niveles de vida.
Al final, la historia nos enseña que el éxito de cualquier travesía depende, ineludiblemente, de que quien empuña el timón sepa, en efecto, cómo navegar.














