México es un país que entiende al migrante, no por discurso, sino por historia. Antes de ser frontera fue refugio, antes de expulsar supo recibir y antes de juzgar acentos aprendió a convivir con ellos.
A este país llegaron españoles huyendo de una guerra, libaneses buscando comercio y estabilidad, judíos escapando del exterminio, italianos con oficios bajo el brazo. Se asentaron en ciudades como Ciudad de México, Puebla, Veracruz y Monterrey. Abrieron tiendas, fábricas y escuelas no pidieron privilegios, pidieron oportunidad y México en muchos casos la dio.
No fue casualidad, en algún momento de nuestra historia, incluso desde el poder se entendió el valor de quien llega a trabajar. A Porfirio Díaz se le atribuye una frase que resume bien ese espíritu. “El que no tenga un amigo libanés, que se lo busque”. Más allá de la anécdota el fondo era claro, integrar fortalece.
Por eso resulta contradictorio que hoy, siendo también una nación de migrantes olvidemos lo que implica cruzar una frontera sin certezas. México sigue siendo un país que recibe, especialmente a quienes vienen del sur. Centroamericanos, caribeños y sudamericanos atraviesan su territorio con la esperanza de llegar a Estados Unidos o simplemente de sobrevivir un poco más lejos de la violencia, el hambre o el abandono institucional.
No todos llegan para quedarse algunos sólo pasan, otros se quedan más tiempo del que pensaban. Pero casi todos cargan lo mismo. Miedo, cansancio y dignidad.
Migrar no es un delito, es una consecuencia no sólo lo dice la experiencia humana. El derecho internacional reconoce el derecho de toda persona a buscar mejores condiciones de vida y protección fuera de su lugar de origen. Nadie abandona su casa por gusto, nadie deja a su familia por aventura, se migra cuando quedarse deja de ser opción.
En el mundo, el fenómeno migratorio se ha vuelto terreno fértil para el miedo y el racismo. En Europa, el rechazo al migrante ha alimentado discursos extremos y políticas que confunden orden con exclusión. Se habla de amenazas culturales y de pérdida de identidad como si la historia no hubiera demostrado que las sociedades más sólidas son las que saben integrar, no las que levantan muros.
Hannah Arendt lo explicó con crudeza. El problema del refugiado no es haber perdido su hogar, sino haber perdido un lugar en el mundo.
México no está exento de contradicciones. A veces somos hospitalarios otras profundamente clasistas a veces tendemos la mano, otras volteamos la cara. El migrante es bienvenido mientras no incomode, mientras no pida demasiado, mientras no nos obligue a mirarnos al espejo.
México fue construido en buena parte por gente que llegó de fuera y hoy millones de mexicanos viven fuera construyendo otros países. Recordarlo no es un acto de culpa es un ejercicio de memoria.
La forma en que tratamos al migrante dice mucho más de nosotros que de ellos.
Y en ese reflejo, todavía tenemos cosas que ajustar.
#QuéCosa














