Ya en una ocasión anterior expuse sobre este tema, sin embargo, me parece importante reiterar y tomar otros elementos de análisis para entender el mensaje de un lema tan profundo como este.
Este lema está impregnado de una fuerte carga ideológica y parte de la premisa que asegura que la desigualdad no tan solo es injusta, sino que frena el desarrollo nacional. Invoca a la unidad nacional, partiendo de que el bienestar colectivo depende de resolver una desigualdad estructural, por lo que el mensaje que transmite es que la justicia social no es un acto de caridad, sino de racionalidad económica y de estabilidad social. No puede haber bienestar general, mientras la riqueza se concentre en unos cuantos.
A través de la historia nos dijeron que iniciar un proceso de justicia hacia los más desprotegidos se llama populismo y que, por tanto, entonces la encomienda era generar empleos a partir de la inversión privada y que el estado debiera jugar un papel solo de mediador, pero no influir en las fuerzas del mercado porque eso solo corresponde a los privados, a la libre competencia, a la oferta y la demanda de mercancías en las naciones.
Esto lo entendió muy bien Andrés Manuel López Obrador, por ello determinó que el centro de atención debieran ser los pobres, los más desprotegidos históricamente, los humillados, pero sobre todo los utilizados por un sistema depredador que concentraba la riqueza en unos cuantos y la clase política se enriquecía al amparo del poder. Pero esta propuesta no es nueva, la vimos con Juárez, que entendió la dignidad indígena; con Cárdenas que demostró que la justicia social no es retórica sino acción; así la Cuarta Transformación retoma ese hilo conductor, que fue interrumpido por el neoliberalismo y que permitió que por décadas la tecnocracia convirtiera al estado en administrador del saqueo.
Ya lo expliqué anteriormente, pero es importante y necesario reiterar, primero los pobres no es un lema de campaña es una estrategia de bienestar, de desarrollo. Cuando se determinó hacer justicia desde una perspectiva social, se determinó una estrategia de desarrollo incluyente, reconociendo a quienes siempre fueron sacrificados por un sistema depredador e inhumano. Los programas sociales que la derecha dice que son asistencialistas y populistas, son una propuesta que prioriza a los pobres y que reconoce que la dignidad humana debe estar por encima de intereses y ambiciones personales. Con esta acción, se amplía el mercado interno, se democratiza el consumo, se revitaliza la economía y se reconstruye la estabilidad política.
Hoy sabemos que, contrario a la retórica de los tecnócratas y los conservadores, en el sentido de que los programas sociales son un despilfarro populista del gobierno, que incrementar el salario mínimo era inflacionario y que ahuyentaría la inversión privada por lo que no era posible hacerlo, hoy queda claro que es exactamente el efecto contrario. Esta estrategia significa elevar el consumo a partir del incremento de la demanda interna que se incrementa, mejorar en términos de salud y seguridad y la participación económica de los más marginados representa: estabilidad política, reducción de la desigualdad y disminución de costos de violencia e informalidad.
La frase: “Por el bien de todos, primero los pobres”, sintetiza un principio normativo que reivindica la centralidad de la justicia social, al tiempo que articula un proyecto político orientado a reconfigurar la relación entre estado, economía y el pueblo. Su fuerza radica en la capacidad de vincular ética y política, así como su resonancia histórica y regional.
No obstante, su efectividad real depende de su traducción en políticas públicas sostenibles, evaluables y técnicamente sólidas, así como de la capacidad institucional para evitar usos facciosos y garantizar que el principio de prioridad a los pobres se materialice en resultados verificables.














