El día que escribo esto se conmemora la Revolución Mexicana, un momento crucial en nuestra historia. Fue un periodo difícil, que hizo vibrar los cimientos del país y dejó una huella profunda —y a veces dolorosa— en nuestra memoria colectiva. A la vez, fue el episodio en el que el pueblo se levantó contra la opresión y logró derrocar a un mal gobierno.
Me gusta observar el cuadro de Diego Rivera titulado Revolución. En él aparecen rifles, sombreros y figuras humanas mezclados en un aparente caos, casi como un arte abstracto. Ese desorden simbólico retrata, precisamente, lo que es una revolución: un proceso complejo, nada lineal, donde ideas y hechos se enfrentan de manera violenta hasta dar forma a una nueva realidad.
Sería un error mirar las estatuas de los héroes y pensar que todo fue un movimiento puro, planeado y coherente. En aquella lucha hubo contradicciones e injusticias, pero, aun así, fue un punto de inflexión para México. Por eso me genera conflicto escuchar críticas hacia los movimientos actuales —especialmente los juveniles— que buscan reclamar su derecho a exigir a su gobierno.
Se dice que algunos movimientos pierden legitimidad por quienes participan en ellos, como si solo la pureza absoluta pudiera justificar la protesta. Pero si esperamos a que exista el movimiento perfecto, compuesto únicamente por personas que cumplan nuestros estándares, quizá logremos arreglar una casa… pero nunca transformar un país.
En este día de la Revolución, es importante recordar los ideales zapatistas. El general Emiliano Zapata Salazar vio la injusticia en su entorno y, aun cuando sus condiciones económicas le habrían permitido ignorarla, decidió levantarse en armas por quienes eran explotados. Zapata nunca buscó el poder por el poder. Buscó justicia, paz y que la tierra fuera para quien la trabajara. Hoy, esos ideales han sido olvidados incluso por quienes aseguran proteger al pueblo.
Es momento de impulsar una revolución cultural: una lucha por un México más justo, más libre y más equitativo.














