En México pasan tantas cosas tan rápido que ya casi no tenemos tiempo de indignarnos. Apenas terminábamos de procesar el asesinato del presidente municipal de Uruapan, Michoacán, un hecho brutal que estremeció al país; cuando otro suceso tomó por asalto la conversación pública. Por respeto a los deudos, no voy a abundar en esa tragedia. Sin embargo, lo ocurrido después merece atención.
A partir de ese asesinato comenzaron a surgir manifestaciones en distintos puntos del país. Las redes sociales ardieron en críticas contra el gobierno federal, señalando lo que para muchos es evidente: la incapacidad de frenar la violencia y de garantizar seguridad a los ciudadanos.
Y entonces, de pronto, el martes 3 de noviembre, se viraliza un video donde se observa a un hombre acosando a la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, durante un evento público. Tocamientos no consentidos, un intento de besarla.
Un acto de violencia.
La noticia explotó en segundos: Condenas, pronunciamientos, indignación nacional
Pero junto con ello, surgió otra conversación inevitable: ¿fue real o fue un montaje para desviar la atención del asesinato en Uruapan?
No pienso especular sobre la veracidad del video. Pero sí quiero detenerme en el fenómeno político y social que este episodio revela, porque, independientemente de si fue actuado o no, el mensaje es igual de preocupante.
Si lo sucedido fue genuino, entonces el hecho es gravísimo.
Porque evidencia que ni la presidenta está segura en un país donde la seguridad debería ser prioridad nacional. Si la persona con el mayor aparato de protección del país puede ser vulnerada en un evento público, ¿qué queda para quienes caminamos a pie por la calle, tomamos transporte público o trabajamos en una oficina donde el acoso es cosa de todos los días?
Mientras a ella, el responsable la tocó unos segundos y ya hay un detenido, las demás las que no tenemos escoltas ni reflectores ni fuero, seguimos desapareciendo, siendo violentadas, acosadas, ignoradas.
Hasta septiembre de este año, se han reportado oficialmente más de 500 mujeres desaparecidas en México.
“Oficialmente”. Porque sabemos que son muchas más. Y por esas mujeres no hay detenciones inmediatas, no hay indignación presidencial, no hay comunicados urgentes.
No, a la presidencia no llegamos todas.
Llegó una mujer, sí, pero llegó desde el poder y desde el privilegio. Las demás seguimos sobreviviendo en un país donde justicia y género rara vez caben en la misma oración.
En segunda instancia, si el video fue montado (como algunos opinan) entonces estamos ante algo todavía más oscuro: un gobierno dispuesto a usar el acoso sexual como herramienta política.
Utilizar una violencia tan dolorosa para distraer la atención de una crisis de seguridad sería no solo perverso, sino profundamente insultante para las mujeres que vivimos agresiones todos los días sin cámaras y sin justicia.
Y si así fuera, quedaría claro que la lucha contra la violencia de género es para este gobierno solo un discurso útil, no una causa.
El acto sea real o no, el mensaje es el mismo: estamos solos.
Solos ante la violencia.
Solos ante la impunidad.
Solos ante un aparato que solo reacciona cuando el poder es tocado.
Este país parece funcionar solo con reflectores.
Si te llaman “presidenta”, hay condenas.
Si te llaman “desaparecida”, hay silencio.
México está en una crisis profunda: social, económica, de seguridad. Pero también está en una crisis moral. La política debería ser un instrumento para servir al pueblo, no para manipularlo. Y la ciudadanía ya no puede permitirse el lujo de ver los toros desde la barrera.
No hablo de violencia, hablo de organización, de sociedad civil articulada, de participación, de exigir cuentas, no hashtags.
Este país es nuestro. Y si quienes gobiernan no están a la altura, entonces la responsabilidad y el derecho de tomar las riendas es de nosotros.
Porque en este país, mientras el poder se defiende solo, los ciudadanos seguimos defendiéndonos como podemos.














