Considero que pocas cosas más difíciles existen que ser Presidente de la República, debido a que ese mismo sentimiento paternalista que te lleva de la campaña a la silla -como una especie de mesías-, es el mismo que te vuelve responsable de todos los males existentes en el país.
Reconozco que debe ser muy cansado que el peso de una nación caiga sobre tus hombros y que un país tan surrealista como el nuestro, te sorprenda a diario con las crisis que pueden incluso, no tener nada que ver con tu administración.
Sin embargo, así como reconozco la dificultad del encargo, destacó la aún mayor complejidad de llegar y asumir ese cargo; pues, para cualquier político que aspire a “la grande” debe desplegar cantidades obscenas de recursos, estructuras y esfuerzo de masas para alcanzarla.
A la Presidencia de México no se llega por accidente, si no por un aparato que agresivamente lo orquesta.
No dejo de reconocer que la banda presidencial la porta un ser humano que puede equivocarse, pero en el caso de verse irremediablemente sobrepasados, cansados e intolerantes, yo les recordaría que después de haberlo buscado por toda la República, solo queda la frase “si no pueden renuncien”.
Y mirar un primer caso de ese nivel, sí sería un ejemplo real de congruencia que pasaría a los más valiosos anales de la historia en México.














