El quehacer político siempre es incierto, pero al final es una actividad apasionante para quienes nos dedicamos a esto. Hacer política es hacer sociedad, claro, entendiendo la política como el arte de comunicarse para tomar acuerdos y organizarse para un bien común. Eso es en un sentido sano del término, sin embargo, en la praxis la cosa dista mucho de esta sana posición planteada.
La realidad es que la política ha servido de instrumento para saciar intereses personales o de pequeños grupos, alejados de un interés legítimo de la colectividad para buscar bienestar y desarrollo en una comunidad. Por ello, la descomposición social permea en la actualidad, y la desconfianza ciudadana es una constante hacia la clase política gobernante. La crítica de la sociedad de manera permanente es hacia esos viejos políticos reciclados, cada vez que asumen una responsabilidad en cualquier ámbito de gobierno.
La corrupción es una subcultura arraigada, sobre todo en el sector público, porque se fue haciendo costumbre, dicen algunos: usos y costumbres, y lamentablemente fue aquella vieja clase política la que institucionalizó esa manera de entender y hacer la política. La tristemente célebre frase, “el que no transa no avanza”, se diseñó en los tiempos en que el PRI controlaba todo, era el único que determinaba diputados y cualquier cargo de elección popular. La corrupción oficial era no un mito, sino una realidad jocosa para muchos y lastimosa para la mayoría.
El peor daño que se le ha hecho al país es la corrupción, porque ha servido para enriquecer a unos pocos, a costa del empobrecimiento de las mayorías. Eso nunca lo ha entendido el PRI ni el PAN, porque siempre que han estado al frente del país, de un estado o de un municipio, lo ven como un botín y encuentran la forma de saciar su ambición sin límites. Eso lo entendió muy bien el ex presidente Andrés Manuel López Obrador y por ello su ataque a la corrupción fue frontal, en la parte más alta del gobierno.
Hoy tenemos una administración pública con un mayor nivel de transparencia, sin embargo, sigue existiendo corrupción porque ésta no desaparece por decreto. Hay muchos servidores públicos, integrados actualmente, que tienen muchos años en la administración pública en diversos cargos y en diversos niveles, estos servidores públicos que se formaron desde hace mucho tiempo, en muchos casos también se adiestraron en las malas prácticas y mañas para hacerse de recursos más allá de su salario. Se habla de la experiencia acumulada para justificar contrataciones de estos perfiles, aun cuando esta experiencia también se haya acumulado para obtener provecho personal y mejorar de manera sustancial sus ingresos.
Pero existe otro grupo de personajes que le han hecho mucho daño a la administración pública y también al proyecto de transformación. Se trata de los personajes que han sido invitados a participar en algún cargo de elección popular, bajo un criterio subjetivo de que aportan votos para el movimiento, sin medir la imagen negativa que generan, en virtud de su afición por el dinero público y aprovechando su cargo.
Lo curioso es ver cómo muchos critican cuando regresa alguno de estos personajes a ocupar algún cargo relevante, pero es más absurdo ver cómo en sus listas de favoritos siempre aparece cuando menos uno de esos innombrables. Por eso el combate a la corrupción sigue permanente, porque quienes aprendieron que el presupuesto público es para saciar su ambición siguen ahí, buscando la manera de mantenerse incrustados en alguna posición que les permita seguir reproduciendo lo que aprendieron bien. Así que, mientras estos personajes se mantengan como “necesarios”, la tarea será más larga y difícil, ya que sus ambiciones siempre se anteponen a cualquier proyecto de carácter social.














