Recuerdo la primera vez que mi padre me llevó al Senado. Conocí a hombres que solo veía en televisión y en los periódicos. Admito que ver caminar a Osorio Chong, Ricardo Monreal y Miguel Ángel Mancera provocó en mí una verdadera revolución ideológica. Para mí fue impresionante observar cómo esos hombres, seguidos por tantos, se saludaban, se hablaban al oído y, con pequeños códigos entendidos solo por ellos, hacían política.
También recuerdo a José Manuel del Río Virgen, un personaje muy conocido dentro del Senado pero completamente desconocido para quienes están fuera de la política. Su trabajo era la operación política dentro de una cámara estancada por la falta de votos. Era impresionante la intensidad con la que negociaba, su forma de convencer. Admito que en esos días, dentro del Senado, me enamoré de la política y me sentí atraído hacia el poder.
Entiendo el gobierno como una herramienta para apoyar y servir a la gente, y la administración pública como el arte de administrar la ayuda. Sin embargo, a pesar de que hoy esté desprestigiada, concibo la política como una herramienta que, usada con la técnica y la pasión de un pincel, permite que, entre egos, intereses y conflictos, el gobierno avance hacia el servicio.
Por ello, desde hace mucho tiempo he puesto mis ojos en la Secretaría de Gobernación. La entiendo como el lugar donde, con fuerza, poder y la más alta política que este país tiene para ofrecer, se resuelven los asuntos más importantes de la nación. Es el espacio que permite que el país no se caiga a pedazos.
Palacio Nacional se encuentra en el corazón de la capital. Es un edificio imponente que refleja el poder y la investidura del presidente, quien en ocasiones funge como padre de la nación. Palacio es vistoso, elegante y majestuoso. Gobernación, en cambio, se oculta en algún rincón de Bucareli y podría pasar desapercibida para quienes no saben mirar. Pero en sus entrañas se concentra la contención de la nación.
Hoy, por primera vez, tuve la oportunidad de visitar esa secretaría. Crucé las pesadas puertas de Bucareli, resguardadas por policías y miembros de la Guardia Nacional, que portaban escudos antimotines. Al entrar y observar la plancha principal de Gobernación, me abrumó el silencio que reinaba, muy distinto al caos que suele reinar en la zona por las manifestaciones.
Pasé poco menos de una hora dentro de Gobernación, suficiente para notar que era muy diferente a lo que conocía como política. Si en el Senado el ruido incesante es la voz de los senadores que, más que debatir ideas, montan un espectáculo, en Gobernación se siente una carga pesada, un silencio misterioso y una gran responsabilidad.
Mientras que en las cámaras los políticos alzan la voz repitiendo las líneas de sus partidos, en Bucareli los pocos políticos que hay —de alto nivel— no gritan: escuchan. Tan solo en la hora y media que estuve, vi a ciudadanos denunciando la desaparición de sus hijos, a catedráticos discutiendo reformas, y no puedo imaginar la cantidad de problemas que llegan a ese búnker, como se le conoce a la oficina del secretario de Gobernación.
Y sin embargo, ese es el papel de Gobernación: sostener al país desde la contención, mientras desde Palacio se gobierna con majestuosidad, desde las cámaras se hace espectáculo y desde la calle se vive el choque de las políticas mal planeadas.
Hoy tuve la oportunidad de caminar dentro de Gobernación, y puedo asegurar que no será la última vez.














