Ayer se conmemoró el Día Internacional de las Personas de Edad, instaurado por la ONU en 1990. No es un recordatorio menor ni una fecha para la estadística, es la ocasión para mirar de frente un fenómeno que define nuestro presente y marcará nuestro futuro inmediato, el envejecimiento de la población.
En el mundo viven más de 800 millones de personas mayores de 60 años y para 2050 serán más de 2 mil millones. La pirámide demográfica se invierte con rapidez y lo que antes parecía excepción ahora es norma, comunidades envejecidas que no siempre ofrecen dignidad a quienes ya aportaron lo mejor de su vida al país.
En México el fenómeno avanza sin freno. En 2018 los adultos mayores representaban 12 por ciento de la población, hoy ya son casi 15 por ciento. En menos de treinta años esa proporción podría duplicarse, el bono demográfico que alguna vez se celebró se está agotando y el país no ha resuelto tres aspectos elementales, ingresos, salud y cuidados.
El ingreso ha tenido avances. La pensión universal para adultos mayores alcanza los 6 mil pesos bimestrales y beneficia a más de 12 millones de personas. Pero la aritmética es cruel, una pensión que crece más lento que la inflación se convierte en alivio, no en solución, quién no cotizó en un sistema de retiro enfrenta la vejez con la cuenta en ceros y con los gastos en aumento.
La salud es la segunda frontera. Una parte de los adultos mayores sigue sin acceso a servicios médicos y entre quienes trabajan, muchos por necesidad, la mayoría lo hace en la informalidad, sin seguridad social. A ello se suma un problema cada vez más grave, la escasez de medicamentos en hospitales públicos y el elevado costo en farmacias y son precisamente las enfermedades más ligadas a la edad, diabetes, hipertensión, colesterol alto, padecimientos de articulaciones o insuficiencias renales, las que requieren tratamientos constantes. Envejecer sin medicinas no es solo un problema de salud, es una condena de pobreza y sufrimiento.
Para quienes recurrieron al sector privado, la situación tampoco es sencilla. Las pólizas de gastos médicos se encarecen con la edad y muchas veces excluyen enfermedades previas, lo que antes podía pagarse durante la etapa productiva, en la vejez se vuelve casi imposible de sostener; el resultado es el mismo millones de personas mayores enfrentan la enfermedad con menos recursos y más incertidumbre.
El tercer punto son los cuidados. México cambió, familias más pequeñas, mujeres que ya no pueden cargar solas con la tarea histórica del cuidado y ciudades que no piensan en el paso lento de un anciano ni en su fragilidad frente al clima, el resultado es un vacío silencioso, millones de personas mayores sin un sistema que acompañe sus últimos años con dignidad.
El cambio climático agrega un riesgo adicional. Estudios recientes calculan que para 2050 al menos 200 millones de adultos mayores estarán expuestos a olas de calor peligroso, pero no es solo el calor, el frío extremo también cobra vidas, sobre todo en zonas rurales y urbanas con viviendas precarias, sin calefacción o con ancianos que viven solos, tanto las temperaturas altas como las bajas revelan la misma fragilidad, la dificultad de envejecer en un planeta cada vez más hostil para quienes menos pueden defenderse.
El tema no es solo demográfico es cultural y político. Cicerón decía que la vejez puede ser fecunda cuando se le reconoce como tiempo de experiencia. Simone de Beauvoir escribió que lo insoportable no son los años, sino la mirada social que reduce al viejo a estorbo y aquí entra nuestra paradoja, mientras la modernidad rinde culto a lo joven a lo inmediato y a lo descartable, arrincona a quienes encarnan la memoria.
¿Qué hacer? La respuesta no es sencilla pero sí urgente, crear un sistema nacional de cuidados con apoyos reales a las familias. Garantizar que la salud geriátrica y la prevención estén en la agenda pública. Asegurar ingresos suficientes sin uso electoral de los programas, diseñar ciudades pensadas también para la marcha lenta y la sombra, para resistir el calor y el frío. Recuperar el respeto cultural hacia los mayores como memoria viva de la comunidad.
Envejecer no es una tragedia personal, es una prueba colectiva. El tiempo es democrático, a todos nos alcanzará lo indigno no es cumplir años, lo indigno es que la sociedad no se prepare para acompañarnos. Y allí, en ese fracaso se mide de verdad la madurez de un país.
#QuéCosa!














