Hemos comentado en diversas ocasiones de la importancia que tiene la construcción de una estructura territorial verdadera, cimentada y con verdaderos militantes comprometidos con las causas de la izquierda. Pero al paso del tiempo ese sueño se vuelve lejano, vacío, sin importancia verdadera para nadie que tenga la intención de dirigir los destinos de un partido político.
Morena es un partido joven con dos triunfos nacionales arrolladores en el país, de manera consecutiva. Sin embargo, esos triunfos contundentes se debieron a la confianza ciudadana depositada en los liderazgos nacionales, no a una estructura nacional consolidada. El primero fue Andrés Manuel López Obrador, que supo aprovechar la coyuntura de hartazgo en el país y afianzar un triunfo contundente en 2018. Gracias al buen desempeño y a las promesas cumplidas del primero, por segunda ocasión se gestiona un triunfo, nuevamente contundente, de la doctora Claudia Sheinbaum a la Presidencia de la República.
Sin embargo, nunca se ha logrado construir la preciada estructura territorial que permita generar condiciones de organización para consolidar diversos proyectos, no tan solo el electoral. Eso ha ocurrido porque, desde la creación formal del partido, han permeado los intereses personales sobre los colectivos, los intereses de grupos sobre los intereses sociales. Desde siempre se ha manejado que aquellos que logren tener más afiliados lograrían acceder a una candidatura o quienes lograran tener un mayor número de comités serían beneficiados electoralmente, y hoy la historia se repite.
La realidad es que los programas de afiliación que realiza Morena tienen un tufo a clientelismo político, debido a los intereses de políticos que se autoengañan y engañan a dirigentes para intentar obtener beneficios o canonjías. Mientras prevalezca la idea de que quienes tengan más comités tendrán acceso a una candidatura, mayor simulación se tendrá que enfrentar, porque al final para obtener tal beneficio no importa si están comprometidos o no, quienes integran un comité. Lo único que les importa es que los volteen a ver como posibles acreedores a una candidatura a lo que sea, al final sólo les importa beneficiarse económicamente y tener poder para lograr ese objetivo.
Generar la convicción de tener un verdadero partido político comprometido con una causa y con raíces ideológicas, es una tarea que cada día se complica más. Y esto es así porque quienes se integran a operar son personajes con intereses personales, pero sin formación ideológica y menos con verdadero compromiso social.
Los dirigentes que ha tenido Morena en Morelos nunca tuvieron esa característica de estar formados políticamente y menos con ideología de izquierda. Eso implica que el problema comienza desde ahí: ¿Cómo aspirar a tener militantes formados ideológicamente?, cuando ni sus dirigentes saben lo que es eso. De arriba hacia abajo se tiene la intención de estar en el puesto para usarlo como trampolín y saciar intereses personales y de grupo, pero jamás piensan en desarrollar un programa de verdadero apoyo social, con la convicción que da el estar formado políticamente hablando.
En Morena, el problema está arraigado desde lo más profundo de su organización, y todo parece indicar que no les interesa resolver el problema de fondo. Esto parece así porque la historia se repite, se insiste en hacer lo mismo que saben bien que no funcionó, sino al contrario, el resultado ha sido siempre el mismo y eso ya es un mensaje. Aprender la lección debería ser una obligación, a menos que lo que se pretenda sea no avanzar en consolidar por la implicación que ello conlleva. En fin, la próxima semana platicaremos sobre una propuesta que debería de implementarse para fortalecer y consolidar la base territorial de Morena, aunque pareciera que se quiere lo contrario.














