Como sabemos, agosto es el mes de la juventud, y la mayoría de las entidades gubernamentales han realizado eventos con “perspectiva de juventud”, pero en realidad, poco se reflexiona respecto de la planeación gubernamental, con perspectiva de juventud.
Hablar de planeación gubernamental sin hablar de juventudes es como construir una casa y olvidar que alguien más va a habitarla. Es diseñar políticas públicas con puertas que se cierran solas y ventanas demasiado altas para mirar hacia afuera. Durante años, se nos ha dicho a los jóvenes que somos “el futuro”, pero ¿de qué sirve ser futuro si se nos niega la posibilidad de decidir el presente?
Las juventudes no son un sector “a considerar”; son el pulso mismo de la sociedad. En cada barrio, en cada colectivo, en cada aula universitaria hay jóvenes imaginando formas distintas de convivir, de producir, de relacionarse con el medio ambiente y de ejercer ciudadanía. Sin embargo, cuando se trata de planeación gubernamental, se les suele dar un lugar testimonial: la fotografía en la mesa, la silla que se ofrece por cortesía, el espacio donde se escucha pero no se decide.
La inclusión real de las juventudes implica más que programas asistencialistas o talleres de liderazgo. Significa reconocer su derecho a participar en la construcción de planes de desarrollo urbano, en el diseño de políticas ambientales, en la creación de proyectos económicos que respondan a un mundo laboral cada vez más cambiante. Significa entender que las juventudes no solo consumen políticas públicas: las producen, las piensan y las pueden mejorar con la creatividad y la energía que les caracteriza.
Ignorarlas es condenarnos a repetir viejas fórmulas que ya no funcionan. Integrarlas es abrir la posibilidad de que la planeación gubernamental deje de ser un documento que acumula polvo en un escritorio y se convierta en una ruta viva, dinámica y verdaderamente incluyente.
La verdadera pregunta no es si las juventudes están listas para participar. La pregunta es si los gobiernos están listos para dejar de tener miedo a compartir el poder. Porque la planeación, como la vida, solo se sostiene si se construye entre todas las voces, y la voz joven es indispensable para que el presente no sea un callejón sin salida, sino un camino hacia adelante.














