La invasión de Rusia a Ucrania se ha convertido en una incómoda piedra en el zapato para el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, porque su labia le ganó a su capacidad, y la soberbia con la que arengaba que acabaría con ese conflicto en el momento en que pusiera un pie en la Casa Blanca se ha transformado en un constante recordatorio de su fracaso.
Después de casi tres años de una guerra de desgaste, en donde Rusia se ha valido de drones para avanzar progresivamente unos cuantos metros, y Ucrania ha sostenido su valor con apoyo internacional, Putin dejó su aislamiento del mundo occidental para reunirse en Alaska (territorio enemigo) con el presidente de los Estados Unidos y ponerle fin a la guerra.
De manera muy interesante, como si de una negociación entre estados colonialistas se tratase, a esta importante reunión que definiría el futuro de un Estado no fue invitado el titular del mismo, pues, según el presidente de Rusia, aún no se habían alcanzado las condiciones para un acuerdo trilateral.
Al encuentro, ambos mandatarios llegaron en sus grandes aviones, de los cuales bajaron para encontrarse con una gigantesca alfombra roja que los llevaría por un camino escoltado por militares de ambas naciones y aviones de combate, y que tendría como fin a su homólogo. Trump y Putin se dieron la mano de forma cordial mientras el mundo sostenía el aliento ante el poder materializado.
Minutos antes de que el encuentro ocurriera, la prensa informó que la reunión había cambiado de formato, por lo que ambos mandatarios no se reunirían en privado, sino con su grupo más cercano de asesores. Sin embargo, una reunión privada sí existió, cuando Putin, de manera inesperada, subió a “la Bestia” con el presidente Trump, lugar donde probablemente se consumó el verdadero acuerdo.
Ambos mandatarios se reunieron a puerta cerrada por menos de tres horas —menos de lo presupuestado— y, al informar a la prensa de sus resultados, todos se dieron cuenta de que Trump se iría con las manos vacías. Lo confirmó la frase que un extrañamente serio Donald pronunció: “Habrá un acuerdo cuando haya un acuerdo”.
Vladimir Putin, quizá igualmente soberbio que Trump, pero mucho más hábil políticamente, se distingue de otros mandatarios del mundo en un aspecto muy importante: no le tiene miedo a Donald Trump. Al contrario de otros países, que se sienten ansiosos por hacer un acuerdo para reducir tarifas, Putin no tiene la menor prisa por acabar una guerra que lo mantiene con el poder de Europa en sus manos.
Trump, quien no es nada tonto, anticipó el resultado de este encuentro y, previo a él, hizo volar sobre la cabeza de Putin un avión de combate, logrando que todos sus seguidores —obsesionados con la forma e ignorantes del fondo— aplaudieran la fortaleza de su líder, mientras que la realidad es que el hombre poderoso fue aquel que no cedió ni un centímetro y que, como última palabra, le dijo a Trump que la próxima vez que ocurriera un encuentro multilateral sería en su casa: Moscú.
Quizá, el final de esa guerra si está cerca, pero es Putin quien tiene en sus manos las riendas.














