En 1979, el año oficialmente dedicado a Emiliano Zapata, el Gobernador Armando León Bejarano impulsó la construcción de una escultura ecuestre en su honor. La obra fue producto del trabajo del Comité Coordinador, presidido por Jesús Castillo López y con Valentín López González como secretario ejecutivo. Los artistas Carlos Kunte y Estela Ubando modelaron la figura en el taller de David Alfaro Siqueiros, en Cuernavaca.
El 8 de agosto de ese año, en un acto encabezado por el presidente José López Portillo, la estatua fue develada en la glorieta de Buenavista, a la entrada norte de la ciudad. Ahí quedó como centinela de la capital morelense, recibiendo a quienes llegaban desde el norte.
Décadas después, en la gestión municipal de Manuel Martínez Garrigós (2009–2012) la glorieta se transformó con la construcción del distribuidor vial de Buenavista y Zapata, sin moverse un centímetro vio cómo la modernidad de concreto lo rodeaba. El jinete revolucionario permaneció en su sitio, como si nadie se atreviera a decidir su destino.
En 2018 ya en otro gobierno vino el desplazamiento más polémico. El entonces gobernador Cuauhtémoc Blanco, influido por el criterio o la falta de él y de su círculo más cercano, ordenó reubicar la estatua en un sitio junto al Paso Exprés, al entronque con Vicente Guerrero. Una zona de tráfico veloz sin acceso peatonal, sin contexto histórico y sin relevancia urbana.
Se llegó a mencionar en algunos espacios que este traslado habría costado cerca de 30 millones de pesos, aunque nunca se presentó una cifra oficial que lo confirmara. Lo cierto es que el resultado fue un emplazamiento sin sentido que para muchos significó condenar a Zapata al olvido, como un adorno de carretera.
Ahora en 2025 y en el marco del 146 aniversario del natalicio de Emiliano Zapata, la historia da un giro. La gobernadora Margarita González Saravia encabezó el regreso de la escultura al corazón de la ciudad, la Plaza de Armas, frente al Palacio de Gobierno. Una inversión de 1.9 millones de pesos y la participación de los familiares de los escultores han devuelto a Zapata el sitio simbólico que merece, no es solo un cambio de ubicación, es un acto de reivindicación.
Mover un monumento no es un asunto menor, es un mensaje. En 1979 ponerlo en la entrada de Cuernavaca fue decir “aquí vive la memoria zapatista”. En 2018, mandarlo a un rincón del Paso Exprés fue decir, sin palabras que esa memoria estorbaba. Y en 2025 traerlo al Zócalo es decir que la historia importa y que al menos en este gesto, Zapata vuelve a mirar de frente a su pueblo.
Los monumentos no hablan, pero su lugar en la ciudad dice mucho. Y esta vez, el mensaje es claro, Zapata no es adorno de carretera es historia viva.
“Esclavo de mis principios, no de los hombres.”
-Emiliano Zapata-
#QuéCosa!














