Comenzaba la carrera de los tecnócratas, aquellos que prometían progreso con su PRONASOL para salir de la hecatombe en el temblor del ochenta y cinco. y el Rock En Español (así con mayúsculas) se consolidaba, abriendo alternativas y abriendo las mentes de una juventud deseosa de identidad.
Y era entonces cuando en la dinámica del “progreso”, en Morelos se erigían empresas transnacionales textileras, químicas, farmacéuticas, cementeras y automotrices. La demanda de personal técnico calificado contaba con una oferta laboral de especialización que activaba instituciones educativas públicas y privadas para la formación de mano de obra experta en un escenario que prometía un crecimiento sostenido e incluso sustentable. Pero se fueron corrompiendo las buenas intenciones, a veces más por una incapacidad que por maldad. Se fueron desmantelando no sólo empresas sino sectores enteros (textiles y farmacéuticos). El paisaje urbano migró a una concentración de plazas que en su mayoría comercializaban productos importados. La escolarización requerida bajó su exigencia pues para vender ropa, celulares o comida no se requería más que haber terminado el nivel bachillerato, y a veces ni eso.
El último bastión de aquellos tiempos de bonanza industrial era la maravillosa empresa automotriz Nissan. Una respetable compañía japonesa que desde 1966 opera en Morelos. Fue de mis primeras oportunidades para retar mis juveniles conocimientos técnicos ante las imponentes punteadoras de la línea uno con su estructura sostenida por balancines que aligeraban el esfuerzo del operador quien realizaba finos trazos en el aire para unir las láminas que descansaban en los robustos dollys. Eran días de aprendizaje en una jungla de herramentales sofisticados que poco a poco iban dando forma a las unidades en el armonioso e incesante movimiento de personas, materiales y sistemas que iban vistiendo al impasible chasis cual modelo de pasarela permitiendo que su ajuar se fuera creando con el esmero de un grupo de artistas comprometidos con un sistema que, en lugar de identificar defectos, los prevenía para que no se suscitaran (Poka Joke), un sistema que asimila y corrige su desempeño sobre la marcha de sus actividades mejorando continuamente su proceso (Kaisen) y administra la liberación de inventario apoyándose en ayudas visuales que forman gráficas construidas con marcas para la toma de decisiones en temas de avances, tendencias, alertas y actuares manteniendo así la armonía del ensamble. Una empresa que privilegiaba la selección, el orden la limpieza, la conservación y lo estandarizaba (5S’s) para mantener la disposición de las áreas conforme al diseño original y al tren de actividades.
Sumergirte en esa cultura, te imbuía una visión de crecimiento personal. Te modificaba el cristal con que se mira y se interpreta la realidad. “El jefe” (nunca le quité el mote a mi hermano mayor) me exigía ataviarme de una serie de elementos de seguridad que me hacían sudar en lugares que no sabía que sudaban -¡Esto es incómodo- le mascullaba -no es para que estés cómodo, es para que no te expongas a riesgos innecesarios ¡Póntelo!- y con esa frase acompañada de una mirada de reptil terminaba el conato de discusión. Esa cultura te hacía pensar antes de actuar; establecer una jerarquía para planear; te obligaba a usar un calendario para recordar fechas, actividades y cumplir compromisos; te daba estructura para aprender a aprender y a construirte en una filosofía de crecimiento mutuo; te permitía ver las bondades de pedir ayuda y de ofrecer asistencia; te invitaba a pensar en forma crítica, sin suponer, sin adivinar, sino verificando tus pasos para reducir incertidumbres. Me mostraban disciplina, me mostraban compromiso, me mostraban no sólo lo bueno, también lo mejor e incluso la búsqueda de la excelencia.
Hoy con gran pesar y con una nostalgia que supera mi frustración, he confirmado que se va. Y que no es por tiranía, sino por conveniencia corporativa. Que no es por estrategias globales, sino por desempeños locales.
El último símbolo de prosperidad caerá. Caerá también el cluster automotriz de la localidad: neumáticos, parabrisas, pinturas automotrices, asientos, refacciones industriales, embobinado de motores, disminuirán sus ventas y algunas de ellas es probable que no lo soporten. Compañías transportistas que trasportaban personal desde Cuautla, Jojutla o Puente de Ixtla dejarán de funcionar. El madrugador corredor culinario de Las Torres dejará de nutrir los desmañanados cuerpos antes de su ingreso. Y será una pena que esa señora de 60 y más que vende jugos y tortas en la Av. Centenario pierda su fuente de ingreso. Pero no será por maldad, será sólo estrategia en beneficio de unos cuantos.
No sólo se pierden empleos, también se quebrarán sueños. Los XV años de la niña; el viaje para ver a la familia; la boda; la carrera del hijo en la escuela de prestigio. No será fácil de manejar una oleada de autos nuevos de alquiler. Y hoy nada de ello parece ser por maldad, corrupción o calentamiento global, pero seguro estoy que pudieron haberse tomado prevenciones en años pasado que hoy están cobrando factura. No hay malevolencia, aunque tampoco hay justicia. Se fueron sus años de gloria y hoy nos quedamos sin maldad Nissan tidad.














