La hipergamia es un concepto heredado de la antropología social, en su definición más básica, describe el impulso de vincularse con alguien de mayor estatus. En su versión más contemporánea, se ha transformado en una estrategia de posicionamiento, ya no se trata de amor ni de linaje, se trata de cercanía al poder.
En el ámbito público, la hipergamia opera como un patrón silencioso, no busca edificar, sino escalar. No se apoya en ideas, sino en relaciones y no se mueve por convicciones, sino por conveniencia.
No es nuevo, las cortes europeas la convirtieron en forma de vida. Los Versalles del siglo XVIII estaban llenos de personajes que no aspiraban al trono, pero sí al reflejo del monarca. Como escribió Alexis de Tocqueville, “los hombres no renuncian a su libertad sino cuando creen que obtendrán algo más valioso a cambio”. Ese “algo más valioso” ha cambiado con los siglos antes era un título; hoy puede ser una foto, un contrato, una narrativa.
La hipergamia del poder es eso, una forma de ceder lo propio para arrimarse a lo ajeno y en ese movimiento, se reescriben principios, se maquillan posturas, se reordenan amistades, no importa el trayecto, sólo importa el destino aunque cambie cada seis años.
Friedrich Nietzsche advirtió “El que con monstruos lucha debe tener cuidado de no convertirse en uno de ellos y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. En la lógica del ascenso a cualquier costo, es fácil dejar de reconocerse. Porque cuando lo único que sostiene tu lugar es la cercanía con el poder, basta que el poder se mueva para que tú desaparezcas.
No es pecado aspirar. El deseo de avanzar, de mejorar, de participar es legítimo, pero aspirar no es lo mismo que trepar y construir no es lo mismo que colgarse.
Ortega y Gasset lo expresó con una claridad quirúrgica “Toda realidad ignorada prepara su venganza”. Y esa venganza, tarde o temprano llega porque quien olvida de dónde viene, corre el riesgo de no saber dónde está cuando todo cambia.
La hipergamia del poder no es sólo un síntoma del oportunismo político, es una forma de vaciarse mientras se aparenta estar lleno, una manera de perderse entre reflectores.
Y en ese juego, se asciende ligero pero se cae pesado.
#QuéCosa!














