Imagina que, al despertar mañana, te encuentras en una casa dentro de un lujoso fraccionamiento en el Pedregal, con finos acabados, impresionantes pinturas y dos docenas de cocineros, sirvientes y ayudantes que, desde el momento en que pones un pie fuera de tu cama, se encargan meticulosamente de tu desayuno, aseo y vestido.
Mayordomos colocan sobre tu cuerpo una elegante camisa de seda, un traje negro hecho en Italia y unos zapatos bien boleados. Como si se tratase de un sueño, estás en el cuerpo del hombre que hoy tomará protesta como Presidente de la República.
Llegadas las diez de la mañana, un hombre te indica que es hora de partir y te dirige a la puerta de tu casa, donde un militar vestido de gala sostiene la puerta de una lujosa camioneta blindada, que, junto a otras veinte, conformará el convoy que te acompañará a las puertas de la Cámara de Diputados.
Los ojos de una nación observan con atención lo que ocurre dentro de San Lázaro, y dentro del recinto, diputados, senadores, miembros del gabinete, gobernadores, empresarios y presidentes de otros países toman sus lugares, después de haber pasado por uno o varios filtros que tú no conocerás, pues eres el hombre del momento.
Desde el momento en que bajas de la camioneta, la gente más poderosa del país se aglomera como adolescente frente a su artista favorito para tener un segundo de tu atención. Al salir de la toma de protesta, subes con la banda presidencial a un auto descapotable en el cual recorrerás Paseo de la Reforma y saludarás a un mar de simpatizantes que gritan tu nombre.
Al llegar al gigantesco Palacio Nacional, filas de soldados te esperan firmes y saludan a tu paso mientras suena el toque militar que indica tu llegada como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas. Eres dirigido a tu oficina por secretarias de notable belleza y, al abrirse las puertas, filas de los más altos funcionarios, empresarios, líderes y artistas te esperan para estrechar tu mano y decirte: “Estamos a sus órdenes”.
Al terminar el día, un helicóptero te lleva a la residencia oficial, donde te esperan altos funcionarios del gabinete legal para actualizarte en los más importantes problemas de la nación. Cada palabra que escuchas de secretarios, militares y asesores te hace darte cuenta del enorme poder que tienes.
El poder presidencial es algo que roza lo sobrehumano, y quien tiene en su puño el poder de un Estado entero puede, en ocasiones, confundirse a sí mismo con un dios. Ese nivel de poder enloquece y enferma. Sin embargo, no pretendo con esta narrativa criticarlo, sino advertir que, si ese poder tiene límites, es por razones que no deben ser ignoradas.
Entre un rey y un presidente existen cicatrices que, en la historia, le han mostrado al poder que hay un límite donde la gente se cansa de tolerarlos, ya sea por el hambre, la violencia o la apatía de sus funcionarios. El permitir que funcionarios públicos se sientan reyes es traicionar a los muertos de nuestra libertad y olvidarlos de manera cruel.
Frente a la confianza que le tenemos a un político, debe existir una fuerte memoria histórica que recuerde nuestras cicatrices, que honre a nuestros muertos y que no permita que hagamos nuevamente a los presidentes reyes.














