En Axochiapan, un municipio del oriente de Morelos, una señora de 70 años sigue cargando cubetas desde un pozo para lavar la ropa. En la capital del estado, su nieta ya aprendió a llenar el tinaco cuando llega el tandeo. Son dos realidades distintas que comparten un mismo problema, el acceso incierto al agua.
Esta semana se anunció en Morelos el arranque del Programa de agua potable , drenaje y tratamiento 2025. El plan contempla una inversión de 135 millones de pesos destinados a 27 acciones concretas, que incluyen proyectos de agua potable, de alcantarillado y de tratamiento de aguas residuales. Según cifras oficiales, más de 94 mil personas se verán beneficiadas de forma directa.
El programa surge de la coordinación entre la federación, el gobierno estatal y los ayuntamientos. Forma parte de una estrategia más amplia de infraestructura hídrica que contempla más de 650 millones de pesos durante este año. Cuernavaca, Tepoztlán y Axochiapan están entre los municipios donde ya comenzaron los trabajos.
Más allá de los montos y los anuncios, hay algo que vale la pena subrayar, el agua no es solamente un asunto técnico. También representa salud, dignidad y seguridad cotidiana. Y aunque suene obvio, no está de más recordarlo. El agua también es política, de la que transforma realidades cuando se hace con responsabilidad y visión de futuro.
Cuando una comunidad obtiene acceso estable al agua potable, no solo mejora su calidad de vida, cambia su relación con el entorno, con las instituciones y consigo misma, pero cuando ese acceso es intermitente o condicionado, la confianza también empieza a debilitarse.
Hay regiones que ya cuentan con red hidráulica, pero el acceso sigue siendo irregular. El agua llega por horarios o por sectores, y en algunos casos entre fugas o reparaciones pendientes, no es falta total, pero tampoco estabilidad. Y esa incertidumbre cotidiana también es precariedad, aunque a veces se normalice.
Por eso, iniciativas como Proagua deben reconocerse, pero sin caer en el aplauso automático. No son un final, son apenas un inicio, para que funcionen, deben ir acompañadas como lo dijo la gobernadora Margarita González Saravia, de una verdadera cultura del agua. Una que comprometa tanto a las autoridades como a la ciudadanía.
De poco sirve tener redes nuevas si se desperdicia el agua por descuido, pero tampoco alcanza con cuidar el recurso desde casa si la infraestructura pública está en ruinas.
Lo que ocurre en Morelos no es único. En muchos estados del país, miles de comunidades enfrentan lo mismo, las tuberías son viejas, las fugas constantes y el servicio intermitente. La diferencia no está solo en el dinero que se destina, sino en cómo se ejecutan las obras, cómo se cuidan los sistemas y cómo se respeta a quienes dependen de ellos.
El agua, al final, pone a prueba tanto la capacidad del gobierno como la conciencia de la sociedad. Y también ofrece una posibilidad, la de construir comunidad sin necesidad de discursos grandilocuentes.
El reto no está en abrir una llave, sino en cerrar la brecha.
Y eso, como todo lo importante, empieza en serio o no empieza.
#QuéCosa!














