Ayer ocurrió algo histórico en Jiutepec. Algo que, debería estar en los principales titulares de todos los medios locales y nacionales que presumen compromiso con la democracia, con la convivencia y con la paz.
Y es que, se instaló el primer Consejo Interreligioso Municipal en nuestra tierra. Sí, en este municipio morelense y con ello se sembró una semilla que merece ser mirada con atención y esperanza.
Porque cuando hablamos de interreligiosidad no estamos hablando sólo de credos o ritos, hablamos de puentes. Hablamos de la posibilidad de reunir en una misma mesa a quienes profesan distintas formas de fe, distintas maneras de entender a Dios o al universo, y pedirles, con humildad y apertura, que dialoguen. Que se escuchen. Que coincidan donde puedan, y que discrepen donde deban, pero siempre desde el respeto y la voluntad de construir comunidad.
Y eso, créanme, no sucede solo. No ocurre porque sí. Para que un hecho así tome forma, hace falta una voluntad política decidida, valiente y, sobre todo, profundamente humanista. Por eso, es necesario subrayarlo sin rodeos: el presidente municipal Eder Rodríguez está haciendo historia, me atrevería a decir incluso a nivel internacional, al sentar en una misma mesa una pluralidad de credos que trabajen desde el respeto en pro de la ciudadanía. Lo está haciendo con firmeza, pero también con sensibilidad. Lo está haciendo entendiendo que gobernar no es imponer, sino orquestar. No es decidir por todas y todos, sino abrir caminos para que todos tengan voz.
En un mundo que atraviesa por una violencia que no distingue templos ni plazas públicas, abrir espacios de diálogo interreligioso es también un acto de resistencia. Es una forma de decir: aquí creemos en la palabra, en la escucha, en el encuentro. Aquí no le tememos a la diferencia, la abrazamos. Porque sabemos que es en la diversidad donde se construye la paz verdadera.
Eder Rodríguez ha entendido algo que muchos gobernantes ignoran o fingen no ver: que los liderazgos religiosos (desde las parroquias católicas hasta los espacios evangélicos o incluso indígenas) son actores sociales fundamentales. No se trata de mezclar política con religión, sino de reconocer que en esos espacios también se teje lo comunitario, también se cuida, se consuela, se orienta. Y cuando se suman esos esfuerzos a los de la autoridad civil, el resultado puede ser verdaderamente transformador.
Lo de ayer no fue un acto simbólico. Fue un acto profundamente político, en el sentido más noble del término: pensar y actuar en favor del bien común.
Y en tiempos donde parece que todo se fractura, que todo se polariza, tener un gobierno municipal que apuesta por la construcción de paz, por la diversidad de ideas y por la reconciliación comunitaria, no es menor. Es, de hecho, esperanzador.
Esperemos entonces que con el trabajo conjunto esta semilla germine. Que lo que hoy se ha iniciado en Jiutepec sirva de ejemplo para otros municipios, para otros estados, para otras formas de hacer política. Porque no hay democracia plena sin pluralidad, ni paz duradera sin diálogo.
Y en Jiutepec, gracias a una decisión valiente, el diálogo ya empezó.














