Recuerdo que había líneas en las canciones que me dejaban largo rato pensando en cómo debería interpretarlas. Por ejemplo “…que el beso que negaste, ya no lo puedes dar…” ¿será que la expectativa no satisfecha del solicitante es imposible sanar con besos futuros? O la frase de “…he renunciado a ti…. como renuncia a ser flor lo que es hierba, y cualquier hombre a volver a ser niño…” ¡Pero si ser niño es un lindo deseo! ¿O se refiere a que esas experiencias de placer adulto, las aprecio tanto que no extraño la inocencia? Y qué tal aquella de “…cuando el poeta es un peregrino…cuando de nada nos sirve rezar…” ¿Será que al orar y no obtener lo solicitado, ya no hay más nada por hacer? ¿O es más bien la sensación de que nada se ha hecho?
¿Qué tan importantes son las intenciones? Hoy día, parece que vivimos en un mundo que aprecia mucho la filosofía de la productividad y desprecia la intencionalidad. Aprecia el obtener resultados con el mínimo esfuerzo (aunque en el camino no se aprenda mucho); el elevar las ganancias con la menor inversión (aunque el superávit no sea sostenible); el llegar más rápido a un número elevado de seguidores (aunque su dignidad quede por los suelos).
Al subirnos a ese tren de la inmediatez, nos olvidamos qué habrá ocasiones en que el resultado no se obtenga, al menos no en el tiempo inmediato, pero la convicción con la cual lo hicimos, la intención misma de actuar es lo realmente valioso.
Y es que a últimas fechas nos hemos vuelto cínicos. ¡De verdad! Mira, podemos decir que la intención no es la que cuenta, que lo que cuenta es el resultado. Pero cuando envías un mensaje por WhatsApp y ves que tiene las palomitas azules, pero no hay respuesta, de inmediato crees que la intención es ignorarte, que eres poco valorado. Cuando alguien le da “like” en lugar de “me encanta”, asumes de inmediato que fue a propósito, para que sepas que la reacción lleva el mensaje oculto de la pena. Que si te escribió con mayúsculas lleva la intención de reprender. ¡¿Entonces?! ¿Las intenciones cuentan o no? Porque cuando se trata de la oración, entonces esperas que haya una evidencia científica de esa intención, para sepas que “de algo sirve rezar”.
Lo más cercano a la evidencia que puedo enunciar, sin querer tener la razón absoluta, son los elementos que se asocian a la intención, como la resonancia simpática, las ondas electromagnéticas y el número pi (p). Cuando dos guitarras están afinadas a la misma frecuencia y cada una está en una habitación diferente, podrás tocar una nota en una cuerda y las vibraciones alcanzarán al instrumento de la otra habitación para hacer vibrar la misma nota, esto es debido a la resonancia simpática. Y si esto lo relacionamos con el transporte de en ondas electromagnéticas con datos, imágenes y sonidos, y si además consideramos las infinitas combinaciones posibles en el valor de pi (p), entonces sabrás que hay posibilidad de que tus oraciones encuentren eco para enviar un mensaje que cumpla con su cometido. Para que buscar la evidencia científica documentada de la oración, cuando en la ciencia misma hay elementos que son posibles (porque ocurren), pero no son probables (porque no hay método o tecnología para hacerlo evidente). Las bondades de la oración son posibles, están ahí, son reales, aunque no sean probables.
Por eso reconsidero que orar siempre tendrá los mejores resultados. Incluso ayuda más a las personas que si les asistimos de manera presencial o en especie. Para nuestros hijos es más benéfico orar por ellos, que solucionarles algo. Les robamos su experiencia, les quitamos la oportunidad de practicar su observación, su análisis y su manejo emocional. Si tu intervienes, en algún momento volverán a crear esa situación que hoy necesitan resolver.
Cuando ores por tu ser querido, no pidas que haga o deje de hacer; que cambie o que eleve su habilidad; o que suceda algo particular en su vida. Ora porque encuentre inspiración, revelación, destello, asombro. Lo encontrará en un amigo, un maestro, un libro, una película, una melodía, un deporte, un pasatiempo, un plato de sopa de fideos y una alita de pollo en medio (este último no estoy seguro de que aplique, pero ¡ah como se me antojó!).
Y no es que exista un método único para orar. Orar es conexión. Es espiritualidad sin religión. Es intención sin exigencia. Es energía sin ciencia. Es sentir sin interpretar. Es suplicar sin empeñar tu dignidad. Es prosa a discreción y es repetición con devoción. Es un lugar seguro en tu interior. Haz oración por tus seres amados. Por favor.
Hoy lo escribo para mis hijos (unos lejos, otros no tanto, pero todos amados) y lo comparto para ti, para los tuyos, para la gente que no tiene quien haga oración por ellos, para la mamá que está luchando por sacar adelante a sus hijos, para el papá que anhela regresar a ver esos rostros de luz, para el esposo, para la esposa, para los padres, para tu ser amado que se siente desanimada, para los que están casi sin fuerzas, para los fuertes que no encuentran oportunidad, para los cuidadores que luchan por mantener la esperanza, para quienes buscan y aún no se encuentran. Para todos ellos, ayúdame a orar y orar… y orar y orar.














