A propósito de la sentencia enitida el pasado lunes en nuestro estado respecto al caso de “Baileys”, en las redes sociales se vuelto a abrir el debate respecto de los seres sintientes. Y es que, hay quienes aún discuten si un perro o un gato “sienten como nosotros”. Como si el sufrimiento tuviera un estándar humano, una especie de medidor que dictara cuánto vale el dolor según la especie. Lo que algunos ignoran —o eligen ignorar— es que los animales, especialmente las mascotas que conviven con nosotras y nosotros, no son muebles, ni alarmas con patas, ni juguetes de peluche que puedes apagar cuando incomodan. Son seres sintientes.
Sí, seres sintientes. Esta no es una palabra bonita que usamos los que amamos a los animales. Es un concepto reconocido jurídicamente en muchos países, que implica que los animales tienen la capacidad de experimentar emociones: miedo, alegría, ansiedad, afecto, tristeza. Y quien ha tenido una mascota sabe perfectamente a qué me refiero. Ese temblor en el cuerpo de un perrito cuando escucha fuegos artificiales, esa mirada de reproche cuando llegas tarde, el ronroneo de un gato que duerme en tu pecho después de un día difícil. No lo imaginamos. Lo sienten.
Las mascotas no son “cosas que ladran” para cuidar tu casa. No son “eso” que compraste porque el niño quería un perrito y luego abandonaste cuando creció. Tampoco son “la gata de la abuela” que nadie quiso cuidar cuando ella murió. Son miembros de la familia. Y si tú no lo ves así, el problema no es del animal, es tuyo.
Me resulta indignante —pero no sorprendente— la facilidad con la que algunas personas maltratan, abandonan o incluso torturan a los animales. Lo hacen porque creen que pueden. Porque su dolor no duele como el humano. Pero aquí está el punto: no se trata de cuánto se parecen a nosotros, sino de cuánto dolor pueden sentir. Y sienten. Eso debería bastar para protegerles.
Nuestro país ha dado pasos hacia el reconocimiento de los animales como seres sintientes, pero falta mucho. No basta con leyes si no hay voluntad para hacerlas valer. No sirve de nada tipificar el maltrato si seguimos viendo a los animales como objetos que pueden ser reemplazados con cuatro bultos de croquetas, si seguimos creyendo que cuidar una vida es una opción y no una responsabilidad.
Yo he visto a una perrita llorar cuando se le murió su cría. He visto a un gato deprimirse cuando su humano lo dejó. Y también he visto cómo un perrito maltratado aprende, poco a poco, que puede confiar de nuevo. Si eso no es sentir, ¿entonces qué es?
Ojalá algún día entendamos que el amor no tiene especie, pero el respeto sí debe tener ley.














