“Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias;
Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión;” Segundo y tercer párrafo del Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948)
Un pueblo asustado o atemorizado ante tanta barbarie, asesinatos, extorsiones, crueldad indiscriminada, no piensa, se congela, queda atrapado en la esperanza de que alguien llegue a salvarlo, y no está mal; sí existe ese alguien que debe darle seguridad, protección y alejar de él cualquier amenaza. Ese alguien es el poder público, que debe brindarle seguridad, seguridad humana, que es más que la seguridad pública.
Ese alguien existe, y para eso le cobran impuestos, para eso aporta su aval al votar en cada elección, ese alguien que pudiese ser cuestionado, no lo es, porque una sociedad con temor no cuestiona, no reclama, prefiere el silencio.














