A propósito de haberse conmemorado el día internacional de la diversidad el pasado 28 de junio, me parece sumamente importante hoy hablar de algo tan importante como lo es el lenguaje. Y es que hay quienes insisten en que el lenguaje no cambia nada. Que decir "todes", "compañeres", "niñes", es un capricho moderno, una moda pasajera, incluso hay quienes afirman que es un error gramatical. Como si la lengua fuera un museo de palabras muertas y no un organismo vivo que respira, muta, se rebela y se adapta al latido de su tiempo.
Pero lo que es cierto, es que lo no se nombra, no existe; entonces, ¿Qué pasa cuando lo nombramos?
Bajo la misma lógica, tendríamos que entender que lo que se borra del lenguaje, se borra de la historia. Lo que se calla, se margina. Y lo que se nombra con justicia, con ternura y con verdad, se legitima, se dignifica, se vuelve posible. Y esto se aplica para todo.
Dejémoslo en claro, el lenguaje incluyente no es un capricho. Es una apuesta política, ética y profundamente humana. Es la voluntad de mirar alrededor y reconocer que este mundo no es binario, que hay cuerpos que no caben en el masculino genérico, que hay identidades que no se rigen por la gramática de la costumbre, que hay voces que durante siglos han hablado en susurros porque nunca se les dio una palabra para nombrarse.
Y sí, es cierto, este lenguaje puede incomodar, pero ¡de eso se trata! Porque toda transformación verdadera incomoda.
A nuestra generación hoy nos exigen repensar lo que aprendimos, revisar nuestras certezas, romper la inercia del “así se ha dicho siempre”. Pero es importante recordar que incomodar no es lo mismo que agredir. Incomodar es abrir grietas por donde entre la luz.
El lenguaje incluyente no busca imponer, busca abrir. No se trata de anular a nadie, sino de sumar. No se trata de obligar, sino de invitar; invitar a escuchar con respeto, a hablar con cuidado, a entender que no hay una única forma de habitar el mundo ni de contarlo.
Para quienes nos dedicamos a la comunicación efectiva de manera profesional nos es muy claro que las palabras son herramientas de poder, por ello, quien decide qué se puede decir, decide también qué se puede pensar y, en última instancia, qué se puede ser.
Más allá del debate sobre tildes, pronombres o normas de la RAE, lo que está en juego es el derecho de todas, todos y todes a existir con plenitud en la lengua que compartimos.
Porque la lengua no solo nombra lo que hay. También construye lo que puede ser. Y si queremos un mundo más justo, más libre y más amoroso, tenemos que empezar por hablarlo, con todas sus letras.














