Cuando el sol estaba a punto de ocultarse, llega el esposo muy feliz y sonriente a su casa. Busca a su esposa con actitud apresurada y le dice con voz entusiasta y sin dejar de sonreír “…mi amor, engañé al agente de tránsito…”, la mujer se asombra un poco y supone que se ha librado de una sanción, así que le pregunta “¿Y entonces? ¿Ya no te infraccionó?” a lo que el marido responde “No. Eso si ocurrió. Aquí traigo la infracción. Pero lo engañé porque le dije que ya había comido y la verdad es que no he probado alimento desde el desayuno”.
¿Cuántas veces ha usted engañado a la gente? ¿Cuántas veces se ha beneficiado de ese engaño? ¿Cuántas veces lo ha hecho sin mala intención? ¿Cuántas veces los ha desinformado, pero no logró su objetivo? La principal función de la comunicación es reducir la incertidumbre. Nos asociamos en actividades para lograr fines comunes y nos comunicamos para corroborar nuestros avances, alinear nuestros esfuerzos e incluso eficientar los recursos. En cada una de estas acciones la transparencia en la comunicación que aclare las dudas, actualice los consumos y defina el rumbo, es de suma importancia ya que ambas partes perseguimos el mismo fin.
Cuando alguno de nosotros no se toma la molestia de corroborar sus datos o verificar la fuente de esos datos, podemos dar una información desactualizada y llevarnos a tomar decisiones sobre la base de suposiciones que al final afectaran o la calidad, o el tiempo o los recursos del proyecto. Todo ello por una mala práctica en el seguimiento de las actividades y el desordenado registro de las mismas. ¿Fue intencional? No. La persona no tiene intención de hacerse daño a si misma. Pero fue irresponsable al no hacer correctamente lo que le corresponde. El resultado es una desinformación, que, aunque no lleva mala intención, de cualquier modo perjudica.
En nuestro mismo ejemplo, puede darse el caso en que la persona, al verse rebasada por su falta de orden y seguimiento, ofrezca información inexacta, maquillada o ficticia, con el fin de que ocultar sus errores y ganar tiempo para corregir su desastre. En ocasiones será de “utilidad” (para él) y tendrá la oportunidad de recomponer su tarea; algunas otras tendrá que incrementar los costos y las jornadas de trabajo para nivelar su desempeño con el de los demás; y en algunas más la realidad lo alcanzará y sus deficiencias afectarán considerablemente el desarrollo del proyecto. Se puede llegar a creer que el engaño no llevaba malas intenciones, pero aún y cuando así fuere, es deshonesto, cae en la falta de probidad, quebranta la confianza, a pesar de que al final no haya perjudicado el resultado.
Ahora bien, si la persona logra identificar que puede beneficiarse en el desarrollo del proyecto para fines diversos como ascender en la jerarquía de la cadena de mando, obtener recursos financieros para su área o para su persona, mostrarse como una persona digna de confianza hacia niveles superiores o comprar lealtad mediante el ofrecimiento o la aplicación de beneficios inmediatos o de muy corto plazo a subordinados estratégicos, entonces cabe la posibilidad de desinformar a las partes interesadas hasta tener resultados que puedan ser revelados según sean sus intereses; puede que oculte información para mostrarse como indispensable en la toma de decisiones; tal vez engañe a los colaboradores para dirigirlos a cometer errores más graves de los que hay en su área; puede mentir deliberadamente para deslindarse de responsabilidades que rebasen su capacidad o que revelen su mal desempeño. Toda manipulación pretende obtener el mayor de los beneficios con el mínimo esfuerzo o con la aplicación máxima de fuerza simbólica.
Ocurre lo mismo en las relaciones interpersonales, con la familia, con la pareja, con los amigos. En ocasiones damos una dirección equivocada, o recomendamos un mal restaurante sin nosotros haber pisado el establecimiento “…se pone bueno, siempre que paso hay un montón de gente y huele buen rico”. Y lo hacemos de manera entusiasta, pero sin conocimiento. Y es que creemos que es más importante opinar que ayudar. Todos hemos sido tentados para mentir, engañar o manipular. Cada uno de nosotros se ha visto en una situación donde consideramos que una mentira puede ser piadosa, pequeña y hasta necesaria. Todos hemos atravesado por momentos en donde desinformar, puede ser indispensable para disfrutar de un ratito de paz “¡Ay vecinos! No podré salir a ayudarles a pintar las líneas del estacionamiento, poque a mi niño le quiere dar como gripita, y ando en esas”.
No se trata de que seas perfecto o santo. Se trata de que evaluemos con mayor detenimiento nuestras palabras, porque nuestro ejemplo es visto por nuestros hijos y adoptado como normal en su formación como ciudadano. Decidamos entre compartir, orientar y colaborar, en lugar de desinformar, engañar o manipular.














