Hay una trampa silenciosa en la forma en que nos han enseñado a mirar el mundo: lo que se hace con amor, se espera gratuito. Lo que se hace por instinto, se da por hecho. Lo que hacen las mujeres, se invisibiliza. Y si además lo hacen en casa, entonces ni siquiera se le considera trabajo. En ese abismo de silencios y omisiones vive la maternidad.
Durante generaciones, ser madre ha sido descrito como una bendición, una vocación, una misión divina. Pero pocas veces se reconoce como lo que también es: una labor extenuante, estratégica, emocionalmente compleja y estructuralmente menospreciada. No hay bonos por horas extra ni aguinaldos por desvelos. No hay IMSS para quien amamanta ni licencias dignas para quien cría. Y sin embargo, cada día hay alguien sosteniendo a este país desde una cocina, una sala de espera, una escuela, una cama con fiebre ajena.
La maternidad —la real, la de carne, angustia y ternura— es el primer territorio en donde se aprende lo humano. Quien enseña a caminar, a hablar, a consolar, a nombrar el miedo y a manejar la frustración, está haciendo algo más que criar: está construyendo ciudadanía. Pero en vez de reconocerla como una labor estratégica para el futuro de cualquier sociedad, la hemos relegado al plano privado, como si se tratara de un asunto meramente doméstico, individual, marginal.
Hablar de maternidad no es hablar solo de mujeres que tienen hijxs. Es hablar de políticas públicas, de economía, de justicia social. Es preguntarnos quién cuida a quien cuida, quién paga el precio del silencio cuando se espera que una mujer lo dé todo sin pedir nada. Es visibilizar a las abuelas que han criado por segunda vez, a las madres solas que sobreviven sin red, a las adolescentes obligadas a maternar por ausencia de Estado.
Nombrar la maternidad como trabajo no es un capricho ni una provocación. Es un acto político urgente. Porque mientras sigamos romantizando lo que debe ser retribuido, seguiremos normalizando una estructura que lucra con el amor y castiga la autonomía.
Quien cuida, merece cuidados. Quien cría, merece derechos. Y quien materna, merece ser vista. No como heroína resignada, sino como trabajadora social clave, como eje del tejido comunitario, como fuerza viva que sostiene la posibilidad misma del futuro.
Y eso, en cualquier sociedad que se diga justa, no debería seguir siendo invisible.














