Alzó la mano dentro de la cúpula del Capitolio un 20 de enero de 2025, rompiendo con la histórica tradición de tomar protesta en el balcón del Congreso frente a la ciudadanía. Qué poderoso momento cuando nos hizo caer en cuenta que, como un perro rabioso, iniciaba su nuevo período como presidente: para ser carnicero de quienes lo pensaron cordero, para destruir todo aquello que quedaba en pie y construir sobre esas ruinas su era.
Ese día no utilizó su característica corbata roja, sino una especie de corbata morada. Bien dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Trump levantaba la mano por segunda vez, habiendo dejado atrás sus días de novato, y de esa manera ha bajado unos cuantos niveles su voz y ha hecho de su pluma su mayor arma.
Saliendo del Capitolio, se dirigió a las masas, esas que lo cuidan, lo aclaman y lo hacen sentir en casa. En el Capital One Arena firmó, como primer acto ejecutivo, dejar sin efecto todas las acciones de su antecesor, y llegando a la Casa Blanca disparó ante los ojos del mundo orden tras orden ejecutiva que terminaba con años de los resultados que exprimen aquella tensa relación entre oprimidos y opresores, y le quitó el pudor a quienes prefieren la intolerancia.
Ha sido un presidente ejecutivo, quien, a pesar de contar con un Legislativo afín, ha preferido las órdenes, los decretos y las declaraciones unipersonales. Ha seguido sin jugar en equipo, y en sus gradas solo permite la lealtad ciega. Su política exterior ha consistido en golpear los cimientos y esconderse en su base electoral; ha atentado contra la Unión Europea, las organizaciones internacionales y el apoyo global, y “America First” vuelve a ser su grito de guerra.
Algunos dicen que su nueva política fiscal es la política arancelaria, pero sus guerras de aranceles, tan inestables como improvisadas, solo han servido para poner los preocupados ojos del mundo en la mente y mano del hombre más poderoso del planeta. Trump quita y pone aranceles no conforme sopla el viento, sino como le conviene para mantener el poder en sus manos.
Ha hecho sus grupos y enemigos. Hoy Latinoamérica se vuelve a ver seducida por el canto de las peligrosas sirenas, y Argentina, El Salvador y Ecuador parecen ser extensiones territoriales del gigante del norte, mientras que China, Ucrania y la Unión Europea se ven cada vez más lejos, enfrentados a un hombre que quiere obediencia o guerra.
En su círculo cercano solo están los aduladores y los millonarios; ha hecho de su gabinete una barra brava de voceros inexpertos, soberbios, falsos y ruidosos, que jurarían estar salvando a la nación, y de millonarios que seguramente hoy dictan más la agenda que los propios congresistas.
Trump quiere derribar a todo aquel que pueda ponerse en su camino, sin importar si se trata del poder judicial o de una importante sugerencia. Trump, que no es un presidente sino un poderoso animador, grita, manotea, firma y critica, pero como todos los que lo han seguido, no construye nada. Espero que en la historia no sea más que un mal sabor de boca que se olvide en las páginas que no perdonan.














