Ayer por la mañana, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, visitó al presidente de Estados Unidos en la Casa Blanca. Durante los últimos meses, se ha formado un extraño y peligroso bloque de derecha en Latinoamérica. El líder es Donald Trump, quien ha abrazado en su manto a Javier Milei, Daniel Noboa y Nayib Bukele.
Bukele ha tenido una transformación durante los últimos años. Al principio fue el joven empresario que incursionó en la política y se dio a conocer al mundo como un líder que apostaba por la tecnología y la modernidad, hasta que en su agenda la prioridad se convirtió en acabar con la violencia.
Acompañado del absoluto hartazgo popular y la sed de venganza (no justicia) que el pueblo salvadoreño tenía contra los inhumanos criminales de la mara salvatrucha, Bukele dio la instrucción de arrestar a todo aquel que tuviera tatuajes que hicieran alusión a esas pandillas y prohibió toda la cultura criminal existente en su país.
Rápidamente dieron la vuelta al mundo las imágenes de pandilleros vestidos únicamente con ropa interior, absolutamente rapados y esposados, corriendo temerosos entre filas de policías para sentarse en “trenecito”. Tanto en las imágenes como en las calles, un presidente había puesto por fin un alto a las pandillas que generaban terror y que por momentos parecían invencibles.
Por meses, Bukele era ante el mundo el presidente modelo, que enfrentaba sin temor ni trucos al crimen y que había dado al pueblo la oportunidad de caminar nuevamente por las calles de su país. El primer foco rojo ocurrió cerca del fin de su primer mandato, cuando, en la cima de su popularidad, cambió la Constitución para quedarse durante otro periodo. Esta medida fue casi invisible a causa de su popularidad y la sed de venganza por años de violencia.
Poco a poco, se ha revelado que no todos los que están en la cárcel son criminales. Muchos no han tenido juicio y son víctimas de tortura en las cárceles. Hasta este momento, El Salvador se ha prestado para recibir “terroristas venezolanos” deportados desde Estados Unidos, quienes no han sido sometidos a un juicio justo y que, en palabras del presidente salvadoreño, no serán regresados aunque hayan sido correctamente enviados.
Bukele camina por una delgada línea entre el héroe que empezó siendo y el dictador que puede llegar a ser. Su caso es el cruel recordatorio de por qué en la historia la mayoría de los héroes fueron asesinados y los tiranos murieron por causas naturales. Es triste y decepcionante observar cómo el poder y las buenas acciones pervierten a los que parecían prometedores. Quizá es momento de darnos cuenta, con el caso del presidente de El Salvador, de que la historia no se repite, pero rima mucho.














