Debo admitirlo: uno de mis días favoritos del año pasado fue el 2 de junio, porque, después de años de elecciones, de encontrar promocionales de candidatos hasta en mi sopa y de ver a políticos recorriendo las calles con el único objetivo de arrebatar un voto, todo se detuvo. Finalmente, quedó claro quién tendría el poder y quién se quedaría en la banca.
Me sentí muy feliz al pensar que no tendría que vivir el huracán de las elecciones hasta dentro de tres años. Sin embargo, la realidad de la Cuarta Transformación nos ha alcanzado, y la elección que tanto temíamos está por llegar: la elección popular de jueces, ministros y magistrados del Poder Judicial Federal.
Ante esto, muchos abogados han dejado atrás su preocupación por un gobierno que devora al Poder Judicial y se han calzado tenis para recorrer las calles como si fueran candidatos a diputados o presidentes municipales.
Es una situación extraña para todos. Al menos en mi caso, veo en redes sociales caras desconocidas promoviendo propuestas que no me quedan claras en una elección que me parece improvisada. Entre los malos discursos y los spots que parecen de una planilla estudiantil —pero que en realidad son emitidos por quienes aspiran a ser ministros—, puedo darme cuenta de que nadie tiene realmente claro lo que está pasando.
Supongo que es un sentimiento compartido. Ni los empleados del Poder Judicial saben qué ocurrirá cuando lleguen los nuevos juzgadores, ni el Instituto Nacional Electoral parece tener claro cómo dirigir una elección que parece improvisada, ni la gente sabe cuál será el resultado de este capricho presidencial.
La gran incertidumbre existente —donde muchos (incluyéndome) no tienen la más mínima idea de cómo votar en esa extraña boleta— nos ha hecho pensar que, en algún momento, alguien razonable anunciará la suspensión de este proceso. Sin embargo, la arrolladora y despiadada realidad de Morena nos hace darnos cuenta de que la elección va, y que este extraño proceso desembocará en que esos desconocidos candidatos ocupen las sillas a las que hoy aspiran.
La verdad, me da miedo. A pesar de que suena romántica la idea de que sea el pueblo quien tome las riendas de la justicia, basta con ver a los candidatos para darse cuenta de que no caminamos por el camino correcto. Por ejemplo, hace poco me encontré con un hombre soberbio, sonriente y engreído que iba saludando gente. Cuando dio su discurso, solo mostró su falta de cultura. Gran golpe me llevé al enterarme de que estaba compitiendo para ser magistrado.
Qué terror pensar que tendremos personajes similares a nuestros regidores encargados de darle a México la justicia que tanto necesita.














