¿Llegamos todas? Por más que Claudia Sheinbaum lo repita como mantra, como eslogan vacío, o como la frase hecha que cabe en un tuit con emojis morados, la realidad se impone con brutalidad: no llegamos todas.
No llegaron las más de 30 mil mujeres desaparecidas en México, esas que siguen convertidas en fichas de búsqueda, en nombres que se desvanecen en expedientes archivados, en restos hallados en fosas clandestinas mientras el gobierno simula que busca, simula que investiga, simula que le importa. Decir “llegamos todas” en un país donde cada día desaparecen alrededor de trece mujeres es no solo una mentira, sino un insulto a sus familias. Es un escupitajo a las madres que recorren desiertos con palas, a las hermanas que aprenden a identificar huesos por pura desesperación, a las amigas que organizan brigadas porque la autoridad no lo hace.
No llegaron las madres buscadoras, esas mujeres que sí sostienen con las manos lo que el Estado niega con palabras: los huesos de sus hijas, de sus hermanas, de sus madres. No llegaron porque fueron ignoradas, porque la nueva “verdad histórica” del caso de Jalisco, les cerró la puerta en la cara y el presidente del senado las llamó conservadoras, adversarias, manipuladas. Porque este país las ha condenado al destierro de la indiferencia, porque han sido criminalizadas, espiadas y amenazadas, porque han sido asesinadas por atreverse a buscar lo que el Estado dejó de buscar.
No llegaron las mujeres que han sido asesinadas por el machismo estructural, por la negligencia gubernamental, por la impunidad que se extiende como una alfombra roja para los agresores. No llegaron las víctimas de feminicidio, esas que aparecen en la nota roja pero nunca en los discursos oficiales, esas que el gobierno menciona solo cuando no queda más remedio, cuando la indignación es demasiado grande para ser ignorada. No llegaron las niñas que fueron asesinadas por sus propios familiares, las adolescentes a quienes sus parejas les arrancaron la vida, las mujeres que pidieron ayuda y recibieron puertas cerradas, omisiones criminales, sentencias de muerte disfrazadas de trámites burocráticos.
No llegamos todas representadas en el poder. Porque las diputadas de Morena, del PRI y del PAN esas que se llenan la boca con discursos sobre derechos, decidieron que ser leales a su partido es más importante que ser leales a otras mujeres. Prefirieron proteger a Cuauhtémoc Blanco, darle fuero, blindarlo, sostener con su voto el escudo de la impunidad. Incluso muchas prefirieron repetir la burla del “no estás solo” antes que reconocer que sí, sí está solo, o debería estarlo, en su responsabilidad frente a la justicia.
Y no es el caso de Cuauhtémoc, hay otros protegidos, otros agresores encubiertos, otros políticos con denuncias que siguen en el poder porque la estructura los sostiene, porque la justicia en este país no es para ellos, es para quienes no tienen padrinos políticos, es para quienes no tienen la bendición del partido.
No llegamos todas porque para este gobierno las mujeres no son prioridad, son utilería. Porque en los mítines y en los spots la lucha feminista es conveniente, pero en las calles y en las instituciones es estorbo. Porque es más fácil llenar un escenario de mujeres aplaudiendo que garantizarles seguridad, justicia y representación real.
Y mientras el feminicidio siga siendo una estadística en ascenso, mientras las víctimas sigan siendo una molestia para el gobierno y sus perpetradores sigan siendo protegidos por el sistema, mientras haya mujeres enterrando a sus hijas y mientras haya agresores con fuero y con cargo, no llegamos todas.
Llegó Claudia, llegaron las diputadas al servicio del patriarcado. Llegaron las que tienen poder, las que pueden pararse en un templete a decir que la transformación es feminista mientras ignoran a las que siguen siendo silenciadas, violentadas, asesinadas.
Pero las demás, las que no caben en el discurso oficial, las que estorban en la narrativa de un país de justicia simulada, no llegaron. Y no importa cuántas veces lo repitan.














