Es mi intención escribir sobre ese controvertido y escandaloso campo encontrado en Teuchitlán, Jalisco, pero quiero hacerlo de la manera más responsable posible, -por lo que pido tiempo para recabar toda la información admisible, analizar, pensar y alzar la voz como todos deberíamos hacerlo.
Estimado lector, no sé si lo has notado (no tendrías porque, pues hay muchas cosas que debemos cada uno atender en la vida), pero últimamente, mis artículos han carecido de esa alma que yo ponía después de mirar con pasión la política que ocurre frente a mis ojos.
Yo creo que he vivido -o estoy viviendo-, una temporada de extenuantes preguntas existenciales y decepción.
Yo lo atribuyo, a que la gran Ciudad de México me ha devorado y me ha hecho darme cuenta (aunque sea apenas una muestra) de lo dura que es la vida.
Recuerdo aquel discurso de Fidel Castro y me preguntó: ¿Cómo hay personas que nadan en riqueza, mientras otras no tienen un pedazo de pan?
Ver a personas de la tercera edad trabajando por unas monedas, niños en las calles y el sacrificio que es subsistir, han empezado a romper mi burbuja e ideas profundamente arraigadas a mi discurso de: “Todo pasa por algo” o “El trabajo mejora la vida”.
Éstas máximas, se han tambaleado frente a lo que ven mis ojos.
Así, me deja y quedo sin esperanzas, mirar de cerca que aquellos cuyo trabajo en la representación social es servir, no tienen la más mínima intención de hacerlo y son insensibles ante el dolor de los demás.
Como buen joven, mi crisis de adolescente llega nuevamente para preguntarme: Entre todo este sufrimiento ¿cuál es el sentido de la vida?
No escribo este artículo porque he encontrado ese sentido; pienso que pasaré toda mi vida buscándolo.
Escribo este artículo porque el huracán de vida que tengo frente a mí, me ha hecho darme cuenta que hay que ser agradecido y que quizá mi camino es servir.
Hay quien puede tirar la comida y quien quisiera comer algo durante el día; nunca entenderé qué parámetros usa Dios para asignar los roles.
Lo que me consta es que yo puedo comer tres veces al día, he podido estudiar y dormir toda mi vida bajo un techo, esas cosas que toda mi vida he dado por sentado, me dan una gran responsabilidad para servir.
Considero que sería una traición, encerrarme el resto de mi vida en mis intereses, buscando hacer dinero a toda costa, dándole la espalda a mi raza.
He pensado que, servir a los demás, como un acto de amor, es el mejor de los fines y el mejor remedio que nuestras limitadas manos puedan hacer (aunque uno sea el Presidente de México).
Invito a todos aquellos, quienes tengan la posibilidad y responsabilidad de servir, a hacerlo en la mejor medida que puedan hacerlo.
En las calles, hay gente que necesita nuestra ayuda y mientras que “ellos”, esos inconmovibles, inconscientes e impasibles, desde la burbuja de su egoísmo, ¡solo se sirven a sí mismos!
¡Nos toca a nosotros!














