En este país hemos aprendido a contar los muertos con la misma frialdad con la que se cuentan los votos en una elección. Se nos ha hecho costumbre ver fosas, cuerpos embolsados, calcinados, apilados en la nota roja como si fueran estadísticas y no vidas. Nos dijeron que así era México, que así ha sido siempre, que no se puede hacer nada. Nos lo dijeron tantas veces que terminamos creyéndolo.
Y entonces llega Teuchitlán, Jalisco y llo que debió ser un grito de horror nacional, se vuelve apenas un murmullo. Unas notas en los medios, un par de tweets indignados, y luego el silencio.
Porque en este país el horror se nos ha vuelto paisaje. No es que no duela, es que aprendimos a mirar para otro lado. Porque nos enseñaron que el dolor, cuando se acumula, se vuelve carga. Y nadie quiere cargar más de lo que ya lleva encima.
Pero, ¿qué nos dice de nosotros? ¿Qué nos dice de nuestra humanidad compartida?
Teuchitlán, como lo han sido cientos de municipios y colonias en este país roto, nos recuerda que no hemos hecho nada. Nos recuerda que nos fallamos otra vez.
Nos fallamos cuando normalizamos la violencia. Nos fallamos cuando permitimos que la impunidad se convirtiera en la regla. Nos fallamos cuando decidimos que este infierno era inamovible y que solo nos queda sobrevivirlo.
Nos dirán que la violencia tiene explicación, que es culpa de unos y de otros, que hay responsables con nombres y apellidos. Pero al final, lo cierto es que como sociedad hemos permitido que el horror sea parte del día a día. Que un campo de externinio sea solo una nota al margen.
Nos toca recuperar el dolor. Nos toca volver a sentir el peso de cada vida perdida. Nos toca no acostumbrarnos. Porque el día en que dejemos de dolernos, ese día sí, habremos perdido todo.














