Hace unos días, como cada 8 de marzo, miles de mujeres salimos a las calles. Salimos con rabia, con dolor, pero también con esperanza. Marchamos porque, aunque algunos quieran negarlo, ser mujer en este país es estar en riesgo constante. Nos matan, nos desaparecen, nos violan, nos agreden. Y no pasa nada. No hay justicia, no hay reparación del daño, no hay garantías de no repetición. Solo hay impunidad.
Año con año, tras las movilizaciones, resurgen las mismas críticas: ”¿Por qué rayan?”, “¿Por qué destruyen?”, “Así no van a lograr nada.” Quienes se escandalizan por las pintas y los monumentos dañados parecen olvidar, o prefieren ignorar, por qué estamos ahí en primer lugar. Porque las mujeres no quemamos por gusto. Quemamos por hartazgo, por miedo, por una rabia acumulada que no encuentra salida en las instituciones ni en los discursos vacíos. Quemamos porque, en este país, una pared tiene más valor que la vida de una mujer.
La crítica fácil, esa que se centra en las formas y no en el fondo, proviene casi siempre de quienes no han vivido en carne propia la violencia o que, como yo, han tenido el “privilegio” de no haber sufrido las violencias más extremas. No me malinterpreten: no se trata de una competencia de quién ha sufrido más. No se trata de minimizar las violencias cotidianas que muchas damos por “normales”: los acosos en la calle, las miradas lascivas, los tocamientos no consentidos. Pero reconocer mi privilegio es entender que hay mujeres que no tienen opción más que gritar con rabia. Mujeres a las que el Estado les ha fallado una y otra vez. Mujeres que, cuando exigen justicia, reciben a cambio indiferencia, burla o criminalización.
La iconoclasia feminista —ese acto de intervenir o destruir símbolos y monumentos— no es un capricho. Es una respuesta política a un sistema que ha decidido ignorarnos. Cuando el Estado no escucha, la sociedad minimiza y los medios invisibilizan, las paredes se convierten en lienzos de denuncia. Los monumentos, esos que con tanto ahínco defienden, se transforman en recordatorios incómodos de las violencias que no quieren ver. Cada pinta, cada vidrio roto, cada estatua intervenida es una forma de decir: “Estamos aquí, no nos vamos a callar, y no vamos a parar hasta que nos dejen de matar.”
No es casualidad que muchas de las críticas vengan de quienes no han tenido que enfrentar la revictimización en una agencia del Ministerio Público o de quienes no han sentido el vacío aterrador de perder a una hija, a una hermana, a una amiga. Es fácil condenar la furia cuando no has tenido que organizar búsquedas con tus propias manos o pegar fichas de personas desaparecidas mientras las autoridades te cierran la puerta. Es fácil pedir “protestas pacíficas” cuando nunca has sentido el miedo de no llegar viva a casa.
A quienes nos llaman exageradas, violentas o locas, quiero decirles esto: nosotras también quisiéramos no tener que salir a las calles con el nombre de nuestras muertas pintado en la piel. Quisiéramos no tener que gritar hasta quedarnos sin voz, no tener que quemar ni romper nada. Pero la historia nos ha enseñado que las luchas que incomodan son las que generan cambios. Y si la rabia de las mujeres les incomoda, piensen en lo incómodo que es vivir con miedo todos los días.
Sí, soy feminista. Y sí, entiendo el valor histórico, estético y cultural de los monumentos. Pero también sé que ninguna estatua es más importante que las miles de mujeres que no volvieron a casa. Y si hace falta pintar, romper y quemar para que nos escuchen, para que dejen de matarnos, entonces que arda todo. Porque nuestros cuerpos no son monumentos. Porque nuestras vidas valen más que cualquier pared.
Al final del día, la verdadera pregunta no es por qué rompemos. La verdadera pregunta es: ¿por qué tenemos que hacerlo para que nos presten atención? Y mientras esa respuesta siga siendo tan dolorosa como evidente, seguiremos en las calles. Seguiremos gritando. Seguiremos luchando. Hasta que la última de nosotras esté segura. Hasta que vivir no sea un acto de resistencia.
Que el privilegio no te nuble la empatía. Porque mañana, puede ser cualquiera de nosotras.














