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El acarreo pragmático es clientelismo


Ingeniería de sueños
Por Alejandor Cárdenas | 12 Marzo, 2025
Opinión
El acarreo pragmático es clientelismo

El tema es de sentido común. Las condiciones y circunstancias que sostienen la práctica del llamado “acarreo” -no solo en México- están profundamente vinculadas a: 1.- la desigualdad, 2.- la desconfianza y 3.- la expectativa de que el poder es personal y no institucional; estos tres elementos, no solo facilitan el acarreo, sino que lo vuelven casi inevitable por su histórico y arraigado clientelismo.

El acarreo, es mover a un gran número de personas de un lugar a otro como si fueran extras en una película y con ello crear la apariencia y la impresión de popularidad y fuerza. 

El acarreo es el síntoma de un sistema donde la desigualdad crea “clientes” y la desconfianza elimina la fe en alternativas institucionales.

No es que necesariamente los acarreados quieran apoyar en un mitin a una figura pública como a un candidato o a un partido político en cuestión; es que la situación inmediata del acarreado, le empujan a priorizar y poner en primer plano, la supervivencia con una ganancia inmediata y tangible, sobre una decisión de estar presente y asistir de manera libre e informada.

La desigualdad socioeconómica, la pobreza y la precariedad, es el cimiento sobre el que se construye el acarreo; en esas condiciones, las personas están vulnerables frente a cualquier tipo de incentivo y ese estímulo, se convierten en una oferta difícil de rechazar. 

La desigualdad crea las necesidades y el acarreo explota estas redes de dependencia.

La desconfianza en las instituciones y en el sistema político es otro pilar clave para el acarreo. Me explico: cuando la gente no cree que el Estado o las leyes puedan garantizarles derechos, justicia o equidad, buscan soluciones en figuras individuales —políticos, caciques, líderes locales— que actúan como "salvadores" personales y esa falta de fe en lo institucional viene de una historia larga de promesas incumplidas, corrupción y burocracia ineficiente. En lugar de esperar que el sistema funcione, las personas confían en el intercambio directo con quien tiene poder visible.

Y en el caso de alguien que maneja su agenda e imagen a través de proyectar un poder personal, para él o ella, existen un grueso de personas que no ven al gobierno como un proveedor universal de derechos, sino que lo perciben como una red de figuras que dispensan favores a todos los que se alinean con ellas y esta mentalidad, hace que el acarreo no solo sea aceptable, sino lógico: piensan que si el poder es personal, entonces, negociar con ese individuo, -apoyando o asistiendo a su evento a cambio de algo-, es la forma natural de interactuar con él o con ella. 

El pragmatismo entonces, se establece y entra aquí, como la lógica que guía las decisiones.

Desde esta óptica pragmática, el acarreo es curiosamente una solución eficiente a un problema práctico: ¿Cómo proyectar apoyo sin depender de la incertidumbre de un respaldo voluntario?

La integración de pragmatismo y acarreo crea una simbiosis malévola: los políticos lo usan porque les da resultados inmediatos para ganar visibilidad, simular legitimidad, y la gente, participa porque resuelve necesidades inmediatas: dinero, trabajo, servicios, favores. El acarreo se convierte en una transacción: "te doy algo ahora, y tú me das tu presencia o tu voto". 

En el caso de un político, este no invierte en convencer con ideas porque no lo necesita y un gran número de ciudadanos, no exige más porque su prioridad es lo urgente, no lo ideal. 

El acarreo se convierte en una práctica políticamente viable y socialmente aceptada, aunque éticamente cuestionable.

Así entonces, en ese caldo de cultivo, un ciudadano en acarreo pasa a ser el equivalente a un “cliente” que retribuye con lealtad a la tienda, empresa o persona que le ofrece y brinda soluciones inmediatas a sus necesidades de supervivencia, confort y bienestar.

Es muy claro que esta “LEALTAD” -con mayúsculas- no suele ser ideológica, sino pragmática; el cliente no necesariamente cree en su representante, solo necesita lo que este le ofrece y a cambio, el “cliente” promete su apoyo, asistiendo a eventos, votando por ese representante, promoviendo su imagen o emitiendo loas y parabienes, aunque sean sin convicción. 

El tema es de sentido común. El acarreo pragmático es clientelismo.

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