El nepotismo en México es una vieja discusión que tiene que ver más con un tema moral y ético que jurídico, al menos hasta antes de la reforma que propone la Presidenta de la República. Desde tiempos memoriales se ha invitado a estar en espacios de la administración pública a familiares cercanos a quienes ostentan un cargo de elección popular como presidente municipal, gobernador, presidente de la república, diputado, senador, etc. Hay estirpes políticas en casi todos los estados de la República que por generaciones se han dedicado a estar en espacios de poder, en algunos casos por vocación y en otros, quizás los más, por conveniencia.
El tema es que muchas veces esos cargos se heredan solo por el hecho de ser familiares, sin mayor mérito que ese. Y a través del tiempo esta práctica se hizo recurrente, el PRI la impulsó hasta que se armó el escándalo de las diputadas juanitas, que consistió en postular a una candidata con un suplente varón que al final era el que asumía el cargo en la mayor parte de los casos se optaba por la esposa para así beneficiar al suplente una vez que esta tomara posesión del cargo.
El nepotismo que se pretende combatir es en los cargos de elección popular, con una multiplicidad de ejemplos que no alcanza este espacio para describirlos. Sin embargo, la propuesta presidencial es que se termine con esa práctica porque es injustificable que se herede un cargo, sobre todo en aquellos donde el perfil es altamente cuestionable.
El nepotismo no solo se ejerce en los cargos de elección popular, también es una práctica recurrente en el poder judicial y en el propio ejecutivo. Para nadie es un secreto que tanto magistrados como jueces imponen a sus familiares en cargos para los cuales no presentan el perfil. Y esa práctica genera, por obviedad, una diversidad de inconsistencias en el desarrollo de sus obligaciones, disminuye la eficiencia y por lo tanto la eficacia de la encomienda se va quedando rezagada. Pero eso mismo ocurre en el ejecutivo, porque se recurre a esta misma practica en aras de beneficiar a un familiar y que este consiga empleo aun cuando no presenta el perfil para desarrollarlo.
En la administración pública en general esta práctica es recurrente desde siempre. Existen mil maneras de hacer trueques entre dependencias para instalar a familiares de un lado y de otro para intentar no ser detectados. Este tema también está íntimamente ligado con la corrupción, porque al final imponer a una familiar en un espacio para el cual no está capacitado es una forma de afectar el desempeño, la eficiencia y no dar el resultado que debiera por esa causa.
Por supuesto, que la contraparte es cuando se impulsa a una persona cercana pero que tiene todo el perfil, el mérito y la capacidad para desarrollar dicho encargo. Entonces el tema del nepotismo se aligera, aunque sigue llamándose igual.
Por eso toma relevancia la propuesta presidencial que, al final, su aplicación fue planteada hasta el 2030, que sin duda hace ver mal a quienes así lo propusieron y después lo votaron. El nepotismo debe, si no terminar, si menguar de manera gradual lo que es una mala práctica que se ha hecho costumbre, sobre todo en el quehacer político en México. Por supuesto, no es un tema sencillo porque como lo mencione al principio hay estirpes, familias que por generaciones han ido heredando cargos a sus descendientes y se han hecho usos y costumbres en muchos lugares de nuestro país y no es exclusivo de algún partido político, todos recurren al nepotismo cuando tienen esa oportunidad. Es poco ético cuando no se tiene el perfil y es inmoral porque se afecta la eficiencia que debe tener la administración pública en su desempeño. Ese debe ser un tema que el proyecto transformador debe tomar con mayor determinación como lo ha sugerido la Presidenta de la República.














