Lo evité por dos años, simplemente no quería pensar en eso, pero hubo un momento en donde tuve que afrontarlo, sobre todo por el seguimiento de mi padre, me refiero al servicio militar.
Mi pretexto, mi copete perfecto que era mi marca distintiva en la televisión.
Mi golpe de realidad fue que si quiero ser Presidente, no puedo evitar la que hoy es mi única obligación Constitucional.
Fue complicado. Primero, tuve que ir al ayuntamiento, después a una ayudantía y finalmente a la zona militar para entregar mis documentos para que me dijeran que el primero de febrero debía llegar a la puerta del 21 Batallón de Infantería con mi gorra roja, casquete corto y zapatos bien boleados para encuadrarme.
Un día antes fui con Don Armando, mi barbero de confianza y con cada corte, vi cómo mi cabello caía y con ello, una nueva realidad se levantaba frente a mí, me estoy convirtiendo en un Hombre y por ley, en ciudadano.
A pocos amigos conozco que hayan hecho el Servicio Militar; algunos lo han ignorado y otros han usado palancas para brincarlo, pero en mi casa y en mi caso, esa no era una opción.
Por ello, con miedo de entrar a un cuartel por primera vez, conocedor solo de mis prejuicios, me puse la camisa con el lema “SMN” y mis botas negras para llegar y formarme y ser uno más.
Es impresionante que entre decenas de jóvenes formados en la misma fila, con el mismo corte y sintiendo el mismo frío, no existan ricos o pobres, acomodados o abandonados, son solo chavos del Servicio Militar.
Desde que se abrieron las puertas, no nos han bajado de “jochos”, “weyes” o “morros” (quitando claro las palabras que no se pueden imprimir). He aprendido a saludar, dar media vuelta, caminar en paso redoblado y contestar “sí mi cabo”, pero más importante, me he sentado junto a jóvenes de mi edad (o más jóvenes) que son albañiles, pintores y meseros al mismo tiempo, jóvenes que son acosados a diario por la Guardia Nacional y que son héroes anónimos andantes.
He entendido que los militares sí son personas, con una formación distinta, pero finalmente personas, que si bien no creo que deberían involucrarse en la seguridad pública, si merecen todo nuestro respeto por vivir una vida de incomodidades pensando en el bien de la Patria.
No les voy a mentir, me da una inmensa flojera levantarme un sábado a las seis de la mañana para que me griten, pero hoy con un gran orgullo digo que soy soldado del Servicio Militar Nacional, de la tercera compañía del Primer Batallón de Infantería.
“¡Sí mi cabo!”














