Días después de haber ganado las elecciones y haberse convertido en el presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump anunció que impondría aranceles tanto en México como en Canadá, argumentando que Estados Unidos debía ser nuevamente respetado y que otros países se estaban aprovechando de él.
Habiendo vivido su anterior mandato presidencial, mucha gente advertía que esto era solo una forma de negociar (que realmente es un tipo de extorsión), en la que hacía pensar a la contraparte que estaba lo suficientemente loco como para hacer que el mundo ardiera con tal de recibir lo que él quería a cambio de no hacerlo.
En México, y supongo que en Canadá, las mesas y pasillos del sector gubernamental, político y económico se preocuparon ampliamente por las medidas que pudiera tomar el presidente Trump, debido a que una ruptura de relaciones entre ambos países colapsaría la economía mexicana. Sin embargo, al igual que un huracán llegando a una costa, Donald firmó el primer día de su presidencia una orden ejecutiva para imponer aranceles a ambos países vecinos a partir del mes de febrero.
Así como existía incertidumbre en los países a los cuales se aplicarían las tarifas, los economistas estadounidenses advertían que tampoco sería bueno para ellos la nueva aplicación de impuestos, debido a que los aranceles que pudiera cobrar el gobierno de Estados Unidos no serían absorbidos por las empresas que exportan productos, sino que serían agregados al precio que la población estadounidense debía pagar.
Es decir, en lugar de perder las empresas un porcentaje de sus ventas, la ciudadanía tendría que pagar un 25% más por cada producto importado de México o que, para su producción, necesitara de algún producto mexicano. Claro, también era malo para los productores mexicanos, pues eventualmente los consumidores reemplazarían sus productos por otros más baratos.
El pasado viernes, horas antes de que las tarifas fueran aplicadas en ambos países, el presidente Donald Trump anunció que no habría acción que el gobierno mexicano pudiera tomar para evitar su aplicación, pues no se trataba de una medida de negociación, sino de una manera de hacer que los demás países dejaran de aprovecharse de Estados Unidos.
Pasaron algunas horas para que la presidenta de México y Donald Trump anunciaran que tendrían una comunicación el lunes por la mañana para negociar, mostrando que sí eran una medida para llegar a acuerdos. De esa conversación resultó que México enviaría 10,000 tropas a la frontera norte y Estados Unidos levantaría los aranceles en ambos países durante un mes.
Producto de ese acuerdo, ambos levantaron la bandera de la victoria: Donald Trump, diciendo que México estaba respetando nuevamente a Estados Unidos, y México, diciendo que la soberanía no estaba a la venta y que había mucha Presidenta para enfrentar cualquier reto. Por lo menos en México, como si se les hubiese exigido desde Palacio Nacional, legisladores y políticos empezaban a replicar con gusto el mensaje oficial de la presidenta, felicitándola por su aparente victoria.
Y es cierto, Claudia ganó la batalla, pero Donald Trump sigue siendo el amo de la guerra. Lo preocupante para todos es que es una guerra inventada, con resultados que no serán palpables para nadie. Tanto México como Estados Unidos comparten hoy el cáncer de estar enamorados de demagogias, es decir, de políticos que luchan guerras imaginarias contra enemigos inventados.
Donald Trump logró la movilización de soldados mexicanos a la frontera como si fuera él el comandante supremo de las Fuerzas Armadas, así como Claudia logró el titular de haber levantado los peligrosos aranceles. Pero nada de esto hace que nada cambie para nosotros. No provoca que en las calles mexicanas los viejos dejen de trabajar por comida, que los niños dejen de pedir dinero y que en las sierras los narcotraficantes dejen de delinquir.
Tenemos líderes enamorados del sonido de las ovaciones y del eco de su voz, pero nosotros, antes de perdernos en su demagogia, debemos enamorarnos de los resultados que beneficien a la gente y ser esos los que aplaudamos y exijamos.














