Una marea de más de 20 mil personas vestidas de blanco, inundó las calles de la capital de Morelos, marchando en un clamor desesperado por la paz. La marcha, congregó a las 120 parroquias de la Diócesis y a colectivos que buscan a sus seres amados, que puso rostro al sufrimiento que viven los morelenses.
El Obispo de la Diócesis de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, encabezó la marcha --cargada de banderines blancos y símbolos religiosos--, que salió desde la iglesia de Tlaltenango y hasta el atrio de la Catedral de Cuernavaca: El crimen organizado, denunció el obispo, se ha infiltrado de tal manera que "hace casi imposible no toparse con él. No importa a qué te dediques, lo encuentras en la calle, en tu negocio o incluso en tu familia" y lo más alarmante, “es que esta infiltración ha penetrado las estructuras de gobierno”
Buzón de la paz
Las madres buscadoras y su lucha iniciada en Morelos, fueron el punto central de la movilización.
El obispo, en un gesto de profunda empatía, entregó un ramo de flores blancas a las madres buscadoras que se unieron a la jornada, acompañándose con oraciones para que no se sientan solas en su desgarradora lucha
Frente a la Iglesia del Calvario, punto medio de la caminata, el prelado instaló el "Buzón de la Paz". Un espacio anónimo destinado a recibir información sobre las personas desaparecidas en Morelos, para difundir los rostros de los desaparecidos y permitir donaciones a la búsqueda de los desaparecidos.
Una realidad cruda y desafiante
En su discurso, al llegar a Cuernavaca, el prelado Ramón Castro Castro, consideró que la realidad de Morelos es cruda y desafiante: "Por desgracia en Morelos y el país no podemos estar tranquilos porque hay muchas cosas que no están en su lugar y por eso no tenemos la paz que nos merecemos", sentenció.
La paz se ha esfumado, devorada por "la violencia, la inseguridad, la corrupción, la impunidad, la trata de personas, el cobro de derecho de piso, el narcotráfico, las extorsiones, la cultura de la muerte, el huachicol fiscal, las fosas clandestinas y los centros de exterminio".
El crimen organizado, denunció el obispo, se ha infiltrado de tal manera que "hace casi imposible no toparse con él. No importa a qué te dediques, lo encuentras en la calle, en tu negocio o incluso en tu familia, y lo más alarmante: esta infiltración ha penetrado las estructuras gubernamentales.
"Aunque nadie lo dice, los funcionarios públicos saben que a los líderes del narco hay que pedirles permiso para hacer muchas cosas. Desde abrir calles y desalojar comerciantes hasta instalar cámaras o ejecutar obras, parece que se requiere el visto bueno del crimen. El contacto con los capos se ha vuelto tan "cotidiano" que se normaliza, convirtiéndose en lo "normal" en ciertos círculos del gobierno”, señaló.














