Los días y los años de amor y guerra


Por José Martínez Cruz el 19/04/2021 - 05:40

Hace 66 años nací en una casita de adobe y tejas en el rancho de Cuamio, en Cuitzeo, Michoacán, como el sexto hermano de 13 de mi familia, producto de un amor surgido entre mi madre y mi padre a la orilla de la laguna y encontrando sus miradas por entre las piedras de la cerca. Era la mitad del siglo XX y la migración posterior a la Segunda Guerra Mundial había llevado a mi papá y miles de trabajadores hacia el norte para construir vías del ferrocarril y hacer florecer la agricultura del principal país capitalista, arriesgando la vida en la frontera y sufriendo la explotación laboral para obtener un salario que era imposible conseguir en México, donde iniciaba el modelo de sustitución de importaciones y un proceso de industrialización acelerada que incrementaría la fuerza también de la clase obrera.

Un año después hicimos un viaje que en mi imaginario se hizo a través de un tren de vapor que nos llevaría del terruño donde nací hacia la zona industrial de Lechería, Estado de México, donde mi padre laboraba en la construcción de llantas de hule para automotores, viviendo mi infancia entre espinas de maguey y nopal que rodeaba la casa rentada y las bodegas de la estación del tren que nos servían como escenario para nuestras épicas batallas infantiles.  Mi primera escuela fue el auditorio del Sindicato Minero que lo facilitaba para que estudiáramos nuestras primeras letras.

El traslado hacia la colonia proletaria de la Loma de Guanos, en Cuautitlán, fue en un camión de mudanzas inolvidable porque me caí del ropero al cruzar las vías del ferrocarril y todo el trayecto lo hice en el fondo junto a los trebejos. Ahí vivimos durante los años 60s y 70s, en que la historia cambió vertiginosamente, entre huelgas sindicales donde mi padre nos llevaba de la mano para que hiciéramos guardias y aprendiéramos a valorar la forma en que se conseguían aumentos salariales para alimentar a nuestra numerosa familia, felices de recibir una colección completa de libros que aún se conservan en la biblioteca donde vivieron mi madre y mi padre hasta el último aliento, para iniciarnos en el gusto por las letras, aun y cuando mi madre nunca pudo ir a la escuela en el pueblo, pero aprendió a interpretar los signos de la vida y enseñar amorosamente a luchar por conseguir los sueños y esperanzas de su numerosa prole.

1968 apareció como un parteaguas en la historia del país y sus olas llegaron hasta la escuela secundaria donde estudiaba, pero sería el 10 de junio de 1971, hace 50 años, el que marcaría a sangre y fuego la conciencia de toda una generación estudiantil donde nos nació la conciencia de luchar contra la represión, detenciones, torturas y crímenes que el Estado cometía en contra de quienes se atrevían a luchar.

En 1975 llegué a Morelos y doy gracias a la vida por encontrar unos ojos que han iluminado mi andar con su sonrisa y su amor que no admite complacencias porque es producto de una conciencia feminista y de lucha profunda. 1976 fue la culminación de años de activismo juvenil y con los primeros aprendizajes del sindicalismo independiente, al fundarse el PRT como instrumento político para la revolución socialista. Hace ya 45 años. 1977 vio surgir el Frente Pro Derechos Humanos de Morelos y 1978 el Frente Nacional contra la Represión. 1989 la Comisión Independiente de Derechos Humanos, hace ya 32 años de amar y luchar.

Recuerdos que se amotinan a la hora del recuento de los días y las noches de amor y de guerra por construir una sociedad diferente, con el cariño y la solidaridad de quienes no se rinden ni se cansan para desafiar el poder establecido, buscando construir sueños mediante la esperanza organizada y el abrazo fraterno en medio de la muerte y el dolor que crece en medio de la pandemia, sin bajar las banderas rojas que son el futuro de la humanidad, aquí y ahora, con su querida presencia.

*IR